Nos
habían contado que si no tocábamos el mercado, éste produciría por si
mismo uno de los resultados más eficaces y justos de la historia del
hombre. “Eficaces”, porque son los mismos individuos los que realmente
saben lo que quieren y con ello optimizan el uso de sus recursos para la
satisfacción de sus necesidades, y “justo” debido a que la libre
competencia permite que el mercado entregue una remuneración a estos
individuos de acuerdo a su nivel de productividad.
Para
ello, nos contaron que debemos entregar la mayor libertad al mercado
-dejarlo ser- ya que esto permitirá la creación de riqueza que
beneficiará a toda la sociedad. Por ende la intervención del Estado debe
ser mínima ya que esto reduce la eficacia del modelo.
Muchas
naciones –algunas más que otras- han seguido estos consejos por varias
décadas instaurando políticas que tienden a la libertad del mercado.
Algunas de estas políticas se basan en la privatización de entidades
financieras, otras en la reducción de las prestaciones sociales y las
más radicales en la entrega al mercado de algunos servicios sociales
como la salud o la educación.
Los
que fueron más osados se arriesgaban a indicar que estas apuestas
económicas –a lo más- provocarían inconvenientes temporales, como el
incremento de la desigualdad social. Incluso Kuznets -el creador del
Producto Interno Bruto con el cual en la actualidad medimos el
crecimiento de los países- en el año 1955 entrega su conocida “Curva de
Kuznets” que indica que la desigualdad para un país en crecimiento va en
incremento, no obstante, con el posterior desarrollo y crecimiento
económico de dicho país la distribución del ingreso vuelve a ser algo
más igualitaria.
El
resultado no ha sido el esperado. De hecho el nivel de vida de África
subsahariana lleva más de 30 años estancada y en los países de
latinoamérica la tasa de crecimiento per capita ha perdido el dinamismo
esperado. Lo curioso, es qué países como China y la India se están
conviertiendo en grandes potencias y son países que se han negado a
implementar todos los consejos del libre mercado, independiente de la
liberación parcial de sus actividades comerciales.
¿Y
qué queda para Magallanes? Pues bien, en nuestra región por sobre todo
necesitamos Estado… no mercado. Pero un “Estado regional” que distribuya
los recursos con una mirada territorial, no sólo en las necesidades
urgentes y habituales de la operatividad de una región, sino que por
medio de una planificación de crecimiento que permita que nuestro
Magallanes sea un puente a nuevas formas de desarrollo social y
económico. Para ello, el rol de la comunidad debe ser activa para dejar
de ser una víctima de la capacidad de toma de decisiones de otros que
nos dicen lo que tiene que pasar y porque tiene que pasar.
Si
bien en la actualidad esto es algo difícil debido a que hemos dejado
atrás nuestros desarrollos colectivos, es la única forma de que nuestros
hijos dejen de indicar… “Nos contaron que…”.