El milagro

Cuando
se habla del Cuarto Poder y se piensa en la fuerza de la prensa y de
los medios de comunicación, resulta imposible dejar de lado los efectos
nefastos que se provoca en la ciudadanía cuando, para influenciarla,
estos se desarrollan frenética y hasta irreflexivamente. Por ello es
tremendamente preocupante cómo se destacan determinadas noticias y se
provocan extremas ilusiones, y luego, cuando ya no son rentables, son
dejadas en el olvido, quedando los espectadores en la más absoluta
desazón y frustración.

La
estudiada propaganda comercial o la imagen de personas notables venden
lo que quieren: desde políticos hasta fósforos, y para cumplir los
ratings, transforma a los espectadores en ovejas que son guiadas por ese
poder que actúa como un amable y entretenido ladrido, impidiéndoles
pensar por sí mismos.

Ucrania
atrajo a profesionales de todos los canales de Chile y del mundo para
cubrir notas de prensa que se transformaron en un verdadero y cruel
reality. Se mantuvo a la audiencia cautiva con opinólogos, expertos y
entrevistas a la gente que sufre que llegó a ser vergonzoso. Fueron con
la idea preconcebida de una guerra corta y cuando el conflicto se
extendió las notas se redujeron, y hoy son apenas una noticia más en el
cuadro rojo del listado delincuencial nacional. El cambio de gobierno
fue el siguiente capítulo a explotar y nos hemos encontrado, una vez
más, con nuevos expertos que han intentado ver el futuro en hojas de té y
que, con sus dichos, predicciones y temores, crean conflictos en vez de
cimentar caminos para la búsqueda de soluciones.

Y,
como todo ha pasado y no se ha dado ninguna de las lógicas
consecuencias puestas en la mente de la sociedad, había que tratar con
otra, y así es como durante más de una semana nos llenaron de imágenes
del lesionado Ben, de Alexis, de las inefables calculadoras, y que era
posible que David hiciera temblar el Maracaná. Faltaron rogativas y nos
encumbraron los egos triunfalistas y nacionalismos como si fuéramos
soldados que irían a combatir en el conflicto. Mientras tanto, la guerra
ha seguido, el dólar y las bencinas se han disparado, el virus no se ha
retirado y los portonazos siguen a la orden del día. Aquella noche del
jueves volvimos a nuestra realidad.

Los
sueños son solo eso, y en ocasiones se vuelven pesadillas. Es tanta la
profusión de ideas negativas, resentimientos, críticas y
recriminaciones, fake news y discriminaciones que, en vez de un campo de
flores bordado, parece que viviéramos autoflagelándonos en un bosque de
dolorosos espinos. La búsqueda de milagros parece ser lo único que
queda. ¡Que paradójico! En un mundo donde todo lo sagrado se ha dejado
de lado, donde nos hemos vuelto homocéntricos, la palabra milagro
resurge para seguir vendiendo “un asadito”. Asirse de esto contribuye
malamente en nuestros hijos, pues les genera un falso concepto de
realismo. Si el esfuerzo, el método, la constancia, la superación
personal y el sacrificio no alcanzan solo queda esperarse “un milagro”.
Esto detiene el crecimiento y la gente se queda cómoda en sus sillones
esperando que la buena suerte les llegue de arriba. La realidad es que
se ha terminado la racha ganadora de una generación especial que nos
alegró la vida y faltó el oportuno recambio.

En
un país acostumbrado a tragedias que atacan sin ningún aviso no se
puede vivir de milagros, sino con las prevenciones y preparaciones
mentales, físicas y de medios para anticiparlos, soportarlos y
enfrentarlos. Seremos buenos en muchas cosas, pero no se nos debe
ensalzar más allá de lo prudente, porque si el milagro no se produce la
marraqueta del día siguiente será latiguda y desabrida y andaremos
amargados por al menos una semana. Mientras tanto la realidad nos sigue
empapando por los costados como una tenue y persistente llovizna.

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