El mundo en llamas

Durante
las épocas de calor el fuego entra en el proceso de destrucción de todo
lo que encuentra. Los múltiples factores que se mezclan han puesto en
riesgo nuestra existencia. Es cosa de ir sumando la cantidad de
hectáreas de vegetación consumidas, la cantidad de vida silvestre
perdida, el nivel de contaminación que se eleva a la atmósfera, y nos
vamos dando cuenta de que estamos cocinando nuestra propia destrucción.

La
falta de conciencia que por decenios se estuvo reclamando y la
degradación de todo lo que tocamos ya no nos está poniendo a prueba, nos
está pasando la cuenta.

Quizás
sea que somos demasiadas las personas que habitamos este planeta, según
las teorías conspirativas. ¿Cuántos años de abandono ha tenido el
continente africano? El verdadero barrio pobre de nuestra civilización.
Aquel que no nos interesa y que lo desconocemos porque está distante y
creemos que todavía está pegado en la época de las películas de Tarzán.
Si en nuestro país no ha sido posible visualizar a quienes tienen
carencias impostergables, ¿por qué tendríamos que preocuparnos de seres
de otras partes?

El
único interés que está detrás de nuestra evolución es el egoísmo
desenfrenado de lucir, poseer y creer que solo lo que pensamos, decimos y
hacemos tiene importancia, y eso es porque vivimos con una máscara que
no nos permite ver más que unos metros a la distancia. Ya no observamos
el paisaje, ni las nubes, ni los bosques, ni los pájaros. ¿Alguien se ha
detenido a observar una paloma, un zorzal en invierno o una gaviota en
tiempos de tempestad? No nos hemos preocupado de ello porque es
superfluo y nos exponemos al reproche burlesco: “¿no tienes cosas más
importantes en que pensar?”.

La
falta de comunicación efectiva y afectiva ha dañado nuestra convivencia
familiar, social y política y estamos en ebullición, con nuestras
propias llamas y sin paz porque nos olvidamos lo que es aquello. Que
nadie se nos cruce en el camino, porque el estrés nos está consumiendo
y, tal como nuestro planeta, estamos a punto de explotar. El nivel de
violencia gesticular, verbal, física y delincuencial ha superado todos
los estándares conocidos y cualquiera se siente dueño de empuñar un arma
y disparar a mansalva. Ya no hay mínimos comunes para poder entablar un
diálogo constructivo, porque cualquier postura, hoy, si no se comparte
puede significar afectación a la honra, discriminación, interpretaciones
sesgadas y el inicio de un nuevo conflicto. La protección de los
derechos (que son todos) ha pasado a ser más importante que la
convivencia, donde el derecho mío termina cuando comienza el de mi
prójimo.

Estamos
pasando una etapa donde todo es vulneración y reclamo. En lo laboral,
en lo estudiantil, en lo familiar, en lo social. Hasta los delincuentes
se mofan de ello. Y con solo declararlo hay todo un sistema de
protección que, siendo lento en su actuar, permite que el “vulnerado” se
transforme en un tirano abusador dentro del grupo en que se encuentra y
su ejemplo se esparce.

El
mundo está en llamas y es preocupante. No importa que caiga nieve en
lugares impensados, serán copos que solo servirán para mitigar por
minutos las perniciosas consecuencias de lo que no hemos dejado de
sembrar.

¿“Que
la Madre Tierra se está tomando revancha”? Quizás. En este período
pandémico deberíamos ser más conscientes de lo que estamos perdiendo.
Volver a mirar a nuestros hijos y encontrar la verdadera razón por la
cual han cambiado sus conceptos de familia y la poca empatía con la
necesidad del hombre a procrear para proteger la especie.

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