El
cine nos muestra muchas veces lo que puede ser un mundo en restricción,
sea por ataques alienígenas, meteoritos gigantes, cambio climático,
pandemias o la temible amenaza nuclear. Nos entretenemos en cada ocasión
y, siempre, el jovencito sale indemne.
En
todas ellas coinciden elementos comunes: Autoridades déspota se
incrédulas, unos pocos que tratan de salvar al mundo buscando una cura,
la urgencia, el secretismo y la desorganización, la falta de empatía y
de protocolos, los inescrupulosos, los acaparadores, los poderosos
irreflexivos y el poder económico como algo intransable. La bondad está
siempre ausente, salvo la autoflagelación.
El
temor acompaña a los protagonistas a través de laberintos escabrosos
donde no funciona internet o la electricidad, donde la vegetación hace
lo suyo invadiendo todo, donde los animales salvajes se apropian de sus
espacios y donde la lógica es que sobreviva el más fuerte. La
inseguridad reina en el ambiente, mientras el silencio y la oscuridad
cubre con su manto toda la existencia. Hoy, hemos acallado el ruido de
los motores y solo tenemos el de la televisión. Por fin oímos el ruido
de la lluvia y el viento y el canto de los pájaros.
El
bicho se mueve, reproduce y se expande de manera silenciosa e
invisible. Nos ha obligado a la cuarentena y a escuchar nuestros propios
silencios, pensando en nuestro futuro y rogando que esto pronto pase y
que podamos hacer la vida normal de nuevo y pronto. Nos han dicho que
nos mantengamos en casa para evitar la propagación, pero no lo
eliminaremos de nuestra vida nunca más. Mientras no haya un cierre total
y que transcurra un plazo prudente desde el último infectado detectado,
no podremos estar seguros.
En
las películas pasa lo mismo. Siempre hay un espécimen resiliente; al
que no pudieron pillar o eliminar; el que se incubó en un huevoo que
alguien malévolamente guardó como recuerdo. Y ese da la certeza de que
el productor podrá hacer una segunda parte de la misma.
Este
bicho, sin ser inteligente, se cuida a si mismo. Se escurre entre los
dedos y en la inconsciencia societaria de muchos que se creen intocables
y que miran con desdén lo que acontece. Si nos salvamos de la primera
versión de la película, nada nos asegura que no seremos presa de la
inevitable secuela y hay que estar preparado para ello.