El negacionismo político

Se
hace referencia al negacionismo como el rechazo de aceptar una realidad
conocida y verificable. Es darle la espalda a la realidad en favor de
una mentira más confortable y conveniente, negando toda posibilidad de
un consenso de partes. Sin embargo, la realidad no se puede eliminar, ni
menos ocultar.

Esa
es la situación que ciertos grupos en Chile insisten en caer respecto a
todo el proceso vivido en la Unidad Popular (UP) y dictadura militar.
Se niegan a asumir la realidad de los eventos y por lo tanto, en
discutir las causas que llevaron a la caída del gobierno de Salvador
Allende, los orígenes de la fractura democrática y la génesis que
provocó el golpe de Estado. Se olvidan de evaluar la usurpación como
consecuencia directa de determinadas decisiones, independiente de la
legitimidad o de la forma mediante la cual acabó.

De
este modo los sectores pinochetistas o pro Unidad Popular no están
dispuestos a una discusión prudente, real y autocrítica tras 50 años. Es
cierto que duele escuchar ideas que no son agradables, de un sector u
del otro, pero son argumentos válidos que deben realizarse para aprender
a lidiar con el tema. Y que quede claro, por ningún motivo estos
justificarán el abuso a los derechos humanos, ni el golpe militar
ensimismo y sus formas.

Sin
lugar a dudas, el problema es el paquete del 70 al 73 y lo que vino
después. No habría un hecho sin el anterior. No habría dictadura sin el
previo gobierno UP. De esta manera, esto se ha convertido en el sujeto
de cuestionamiento de cada sector político ideológico, llevando el agua
al molino de su conveniencia, justificando las responsabilidades a otros
grupos sin ver la propia.

Gran
parte de la derecha más antigua no ha dejado atrás su visión
apatronada, pero tampoco aporta la izquierda no ortodoxa que sigue
prendiéndole velas a sus mártires políticos, con un fanatismo a un
proceso fracasado.

Si
bien este comportamiento no deja ver la configuración de los hechos,
acá hay que rescatar los puntos en común si queremos llegar a esta
hipotética reconciliación, porque el uso político para beneficio propio
en una actitud mezquina y poco transparente no ayuda mucho a
conseguirla. Y tras las cinco décadas cargando este muerto, ya es hora
de ir al encuentro de los acuerdos fundamentales para zanjarlos.

No obstante,
seguimos marcando el paso sin poder cerrar algo que sigue muy presente.
En este momento les estamos conferenciando las mismas disputas a
generaciones cuyos padres ni siquiera nacieron en la época del problema.
Consideremos además, Chile alberga hijos de migrantes que tampoco
conocen el inconveniente y que tal vez lo descubrirán si se quedan, si
es que desean ser chilenos, para conocer una historia tergiversada por
los fanatismos de unos u otros, dogmatizadas.

No
es que debamos olvidar, pero sí replantear la forma en que se va a
enfrentar este tema de ahora en adelante. Con el paso del tiempo
deberíamos ver el golpe de Estado como una situación preponderante para
el devenir y la historia del país, con sus excesos reconocidos y
debidamente condenados. Y del mismo modo, ver el gobierno de la Unidad
Popular como un proyecto fracasado que no tenía la fuerza para imponer
de manera democrática su modelo.

Seamos
sinceros, para la nueva generación hay muy pocas vicisitudes que les
interese del golpe y de la política en general. Tampoco tienen claro los
conceptos detrás del evento, la disputa ideológica, social y global que
se daba. Tal vez les interese el folklore o grupos de apoyo donde pasar
un buen rato, pero adolecen del sentido crítico de saber que se
conmemora.

Para
acabar con este negacionismo de nuestra política y nuestra historia,
tanto de izquierda como de la derecha, debemos conjugar el verbo
reconciliación, que sea colectiva y personal. Cada fracción debe poner
todo de su parte para acortar las distancias que nos separaran
entregando la justicia necesar
ia a las víctimas, trayendo al presente lo hechos tal y cual fueron para construir un futuro mejor.

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