El plebiscito y el valor de la democracia

El próximo domingo 25 de octubre nuestro país escribirá una página que ciertamente quedará en la historia. Ese día, millones de chilenos y chilenas, hablaremos a través de nuestro voto para decidir si queremos, o no, continuar con la constitución heredada de la dictadura de Pinochet, o bien si preferimos iniciar un proceso para escribir en democracia una nueva carta fundamental.

En la oportunidad, también tendremos que señalar si queremos que el órgano encargado de elaborar la nueva constitución esté integrado en su totalidad por independientes o, si en su lugar, queremos que lo hagan una mezcla de independientes y parlamentarios. En semanas pasadas ya expresé, en esta misma tribuna, que mi opción será el Apruebo y Convención Constitucional.

Si bien todas las encuestas anuncian que la opción Apruebo será la ganadora, en esta última columna previa al plebiscito quiero referirme al clima que creo debe imperar, no solo para el día de la elección, sino que también para el proceso que muy probablemente se iniciará con posterioridad.

Como muchas personas, he visto con preocupación el ánimo crispado, cuando no derechamente agresivo, que se advierte en las redes sociales entre quienes adscriben a una u otra opción. Si bien estoy absolutamente convencida que votar Apruebo es el mejor camino para recomponer un país que está quebrado y dañado en su alma, no creo que quienes estén por el Rechazo sean mis enemigos o que deseen el mal para Chile. En una democracia todas las opiniones son válidas mientras se expresen con argumentos y alejadas de la violencia.

Estoy convencida que la enorme mayoría de chilenos y chilenas quiere lo mejor para nuestro país y, por lo tanto, creo que las visiones reduccionistas que nos quieren polarizar entre buenos y malos, no solo no representan a la ciudadanía, sino que derechamente su objetivo es dividirnos para imponer una sola visión. Los actos de violencia que hemos visto en las últimas semanas en Plaza Baquedano, en Santiago, así como las marchas con alusiones neonazis, representan todo aquello que la familia chilena no desea y que debemos condenar con mucha fuerza quienes creemos en la Democracia.

El proceso constituyente que muy probablemente se iniciará el próximo domingo y que durará dos años, va a demandar de todos nosotros un ánimo de colaboración y no de destrucción. Necesitaremos rescatar el ejercicio de escuchar al otro sin prejuicios, con tolerancia, a la vez que tener la capacidad de ceder, a veces, en nuestras propias creencias y convicciones, en función del bien común. Quienes pretendan imponer su verdad pasando por alto la verdad del otro, estarán negando la esencia misma del ejercicio democrático que emprenderemos.

Estoy convencida que el próximo domingo asistiremos a una fiesta de la democracia donde, tomando todas las medidas de autocuidado y distanciamiento social, millones de ciudadanas y ciudadanos concurrirán a los lugares de votación para decir presente.

Desde esta tribuna quiero hacer un llamado a inaugurar en paz el camino que nos aprontamos a iniciar, a revalorizar los espacios de participación, de amistad cívica y de respeto a las reglas de la democracia.  No le demos espacio a aquellos que solo buscan dividirnos pensando en sus mezquinos intereses. Chile necesita más puentes y menos trincheras, junto a la construcción de sueños comunes más que imposiciones y enfrentamientos. Hay mucho en juego y debemos estar a la altura de lo que la historia nos demanda.

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