El poder de la fuerza

Cuando nuestros hijos se enfrentan en el colegio en actos de matonaje que siúticamente denominamos bulling, lo vemos con preocupación porque no sabemos cual será la reacción del afectado. El matón siempre será así y, se jactará de sus acciones, demostrando sus problemas de convivencia familiar o frustración de sus orígenes que lo transforma en un ser abominable. Nunca entenderá los efectos de sus actos y las cicatrices que dejará en otros o los revanchismos que incubará. Sin duda las proyectará en su vida adolescente y luego en la juventud o cuando quiera formar familia donde repetirá estilos, para continuar en sus trabajos imponiéndose a los demás con la misma antipatía de entonces.

La maldad en el ser humano brota en el marco de las carencias de afectos y se expresa luego en la falta de empatía y de conmiseración de cualquier persona o animal, a quienes ve como enemigo o insignificantes entes que circulan en las calles y a quienes puede agredir con un cachetazo, una piedra, una luma, un cuchillo, una bala loca o directamente con la intención de matar.

La maldad es contagiosa y se ramifica con erróneas justificaciones de cumplimiento de deber, de desahogo social, de amor a la patria o a un sentido religioso o cultural. Cuando se institucionaliza ocurren situaciones como la de los abusos colectivos en los cursos, la indiferencia de las acciones represivas, los femicidios y agresiones en parejas, las justificaciones de muertes en las guerras, hasta llegar al segregacionismo sionista y las atrocidades nazis. Todos tienen justificaciones a sus actos y a nadie les duele porque no razonan. El daño colateral es enorme, pero el empecinamiento resulta tan macabro que se nubla en la mente de los matones.
Ahora tenemos una amenaza latente e invisible provocada por un atentado a un líder iraní, del cual no sólo se volverá un tema caótico económico mundial, sino de grave inseguridad en el transitar. Una nueva manera de cautivar las mentes de un mundo sometido. Se le dará la máxima cobertura posible para desviar la atención de los problemas  de las distintas naciones.

Como se ve, el problema es el mismo a todo nivel, donde el que tiene el poder cree que puede usarlo para lucirse, para mantenerse en él o porque cree que es invencible. Usar la fuerza y esconderse en sus castillos solo termina exponiendo a sus mismos soldados y a la población inocente a la reacción vindicativa del que sufre.

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