El problema de las expectativas

Ya sea mediante encuestas, boca a boca o simple percepción, lo cierto es que uno de los grandes desafíos para cualquier político es el de cumplir con las expectativas generadas durante el período de campaña. Esta última instancia, dicho sea, es el escenario propicio para que el aspirante, y sus equipos, exhiban sus capacidades, den a conocer sus programas y oferta de valor respecto a sus contendores. Todo, por cierto, con el único afán de ser quienes podrán resolver (o mejorar) las condiciones en torno a temas clásicos: Salud, educación, empleo, seguridad y medioambiente. Ahora bien, este escenario de eficiencia y competitividad no necesariamente es extrapolable a la gestión, al desempeño del cargo mandatado por y desde la ciudadanía. A esto, desde la ciencia política, se le conoce como el dilema del “riesgo moral”, a saber: el candidato puede promover cuanto quiera y esté a su haber. Será responsabilidad del votante, del elector, de usted, dirimir si le entrega o no su confianza mediante el voto. Aquí no existe un contrato de cumplimiento por alguna de las partes involucradas, sólo un pacto social de confianza, uno en el cual usted vota por su preferencia, mientras esta última no está obligada a cumplir con nada de los ofertado en campaña salvo, que duda cabe, por la sanción moral la cual se traduce, por ejemplo, en aumento en la desaprobación y rechazo a la gestión, entre otros indicadores. Por esta razón no es casualidad, sino más bien causalidad, que el Presidente y su Gobierno vean mermada su adhesión. Lo mismo ocurre con senadores, diputados, alcaldes, consejeros regionales y concejales. Y quizás aquí el problema no sea de éstos sino más bien de la ciudadanía, una que exalta y exacerba sus expectativas en torno a capacidades que las personas electas no tienen. Ciertamente, y salvo contadas excepciones, es difícil encontrar personeros, que desempeñen la función pública cualesquiera sea y donde sea, que cuenten con una formación o trayectoria sobresaliente y hayan llegado ahí por mérito. Generalmente las elecciones no se ganan por esta variable sino más bien por el trabajo territorial, el diálogo con representantes ciudadanos y la capacidad de acarrear votantes a las urnas, más aún en un contexto de voto voluntario y con tasas de desafección altas. En muchas ocasiones los votantes, que concurren a las urnas, no tienen idea de por quién o por qué están votando: simplemente votan porque se los pidió alguna amistad, familiar o podrían, eventualmente, percibir algún tipo de beneficio en caso de que su elección salga triunfante. Pero, y nunca olvidemos: no existe ningún contrato legal – notarial que obligue al triunfador al cumplir su promesa. De igual forma que, por mucho que querramos contar y dotar a la actividad política de personas de las más alta probidad y preparación, si éstas no están interesadas en participar en política, sumado a electores poco informados y de raciocinio básico, es altamente probable que nos veamos corriendo en círculos en los años venideros, siendo testigos de un aumento en la mediocridad partidista, política, económica, cívica y social. Sin dudas un escenario poco alentador y para nada auspicioso, del cual estamos llamados a hacernos cargo antes de que sea tarde, o quizás temprano, eso no lo sé. Quizás usted mi buen lector pueda aportar, mal que mal, es todo una cuestión de expectativas.

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