La
historia de Chile está siendo vencida por una horda de delincuentes que
desde hace años se vienen apoderando de las principales ciudades de
nuestro país.
La
delincuencia y el vandalismo, avalados por el narcotráfico ya están al
lado nuestro. Incluso en Punta Arenas, ya fue reconocido por el propio
fiscal regional, Eugenio Campos, que “el tráfico de drogas llegó para
quedarse”. Y no es casualidad que todo ello coincida con el aumento de
la destrucción y la inseguridad en nuestras calles.
Lo
ocurrido durante la semana es la gota que rebasa el vaso en nuestro
país. En vez de frenar la delincuencia, el Gobierno de Sebastián Piñera
se dio por vencido y no ahora, sino que desde hace rato. Por eso, el
Consejo de Monumentos Nacionales resolvió retirar la estatua del general
Manuel Baquedano de la plaza que honra su figura.
Esto
simboliza literalmente la peor derrota de Piñera. No supo enfrentar la
escalada de la delincuencia. Con esto nos encaminamos al repudio de
nuestra propia historia y a faltar a compromisos en el ámbito del honor.
¿Cómo
se lo explicamos hoy a las nuevas generaciones? ¿Ahora los delincuentes
irán por los bustos de Arturo Prat o Bernardo O’Higgins que hay a lo
largo del país?
Independiente
de las ideologías políticas, pero con la férrea convicción de nuestra
historia y el absoluto respeto a ella, muchos sentimos dolor y
frustración por lo ocurrido.
La
decisión del Consejo de Monumentos Nacionales, institución con clara
mayoría de representantes del Gobierno, es justificar de alguna forma en
que ya no se puede hacer nada contra la delincuencia.
Para
muchos lo ocurrido es un acto de cobardía del Poder Ejecutivo de éste
país y su incapacidad e ineficiencia para controlar el orden público, y,
así, evitar las reiteradas vejaciones a un símbolo patrio, que combatió
por Chile, le otorgó honores y jamás fue derrotado.
La
salida de la estatua es una deshonra también para todos quienes dieron
su vida por nuestro país, y ahí están incluidos nuestros antepasados.
Abuelos, bisabuelos o tatarabuelos que creyeron en un Chile mejor y para
todos, sin pensar en ideologías, credos o pensamientos.
¿Hasta cuándo tenemos que aguantar esto en Chile? ¡Es una vergüenza!
Las
instituciones en nuestro país desde hace mucho rato que no funcionan.
Piñera fue sinónimo del mayor desgobierno en la historia de este país.
Desde
hace décadas que los gobiernos que han mandatado Chile no nos han
garantizado el derecho de vivir en paz, pero de verdad, con dignidad.
Por
siempre hemos necesitado un orden establecido con una autoridad para
impedir la anarquía; con la libertad de las personas, garantizada en la
ley, para evitar que la autoridad se vuelva despótica, o que grupos
organizados aplasten los derechos de los demás. Eso en Chile no pasa. En
otras ciudades la inseguridad está ahí, a la vuelta de la esquina. En
Magallanes está llegando fuertemente y nuestras autoridades deben
reaccionar a la brevedad para frenar esto.
No
queremos portonazos, no queremos barricadas ni que sigan incendiando
nuestros céntricos locales comerciales, provocando temor en la
ciudadanía y aumento de la cesantía.
Debemos
alzar la voz y hacernos respetar. Exigir al Gobierno su obligación de
resolver esa tensión: debe preservar el orden, y garantizar los derechos
de todos.
Hoy
vivimos en un país en que no nacimos, ni crecimos. Y como siempre uno
se proyecta queriendo que las nuevas generaciones crezcan en un mejor
Chile, en un país que valore aspectos de la vida cívica.
Nadie
discute lo legítimo de protestar, de reclamar por lo que uno cree está
mal. Pero hay formas y formas y lo que viene ocurriendo en Chile es un
chantaje.
No
puede ser que veamos cómo nos destruyen nuestro patrimonio cultural y
arquitectónico. Sino lo cree así, vaya a dar una vuelta al centro de
Punta Arenas. Hoy, da pena observarlo y compararlo con postales de
nuestra urbe de hace solo un par de décadas.
No
es legítimo afectar la vida de los ciudadanos. En nuestra propia ciudad
hemos visto cómo se esparcieron grupos que creen que existe una única
verdad y pueden imponerla a todos son la esencia del irrespeto a la
libertad.
Muchas veces no es bueno mirar para el lado, pero hoy somos tan inseguros como cualquier país de Latinoamérica.
Tanto costó reconstruir este país que hoy lo estamos destruyendo nuevamente entre nosotros.
¿Por qué llegar a esto?
Es
muy cierto que las nuevas tecnologías y las redes sociales han
debilitado muchas estructuras y certidumbres, pero eso no puede conducir
al caos.
Debemos ser capaces de diferenciar lo bueno de lo malo, y la violencia nunca nos ayudará a crecer como país.
La violencia y el fanatismo no son formas legítimas para imponerse.
Desde
hace unos años nos hemos dado cuenta de que en Chile están imperando
grupos que creen tener respuestas únicas, categóricas, y que descartan
las ideas de los demás.
Y
eso a diario lo escuchamos y lo vemos con las categóricas afirmaciones y
descalificaciones en todos los medios. El derecho a vivir en paz es
saber respetar al que está a mi lado, con sus defectos y virtudes, con
sus creencias e ideologías y con el absoluto respeto a nuestra historia
que como todos chilenos tenemos en común.