El proyecto

El
destacado Psiquiatra Nacional Claudio Naranjo, escribió sobre la
necesidad de sanar las mentes, como condición para arreglar el mundo, lo
que debiéramos entender como un mandato para nuestra clase política, en
el sentido que adoptar decisiones o proponer políticas públicas de
efectos generales, requiere de un especial temple y no tener algunas de
las afectaciones del ánimo o enfermedades del espíritu que tan
gravemente acosan a gran parte de nuestra población, y a las cuales
otorga reconocimiento y protección la ley 21131 de reciente publicación,
que en su artículo 2º define la salud mental, así.

“Se
entenderá por salud mental un estado de bienestar en el que la persona
es consciente de sus propias capacidades, puede realizarlas, puede
afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar y contribuir a su
comunidad. En el caso de niños, niñas y adolescentes, la salud mental
consiste en la capacidad de alcanzar y mantener un grado óptimo de
funcionamiento y bienestar psicológico.

La
salud mental está determinada por factores culturales, históricos,
socioeconómicos, biológicos y psicológicos, cuya preservación y
mejoramiento implica una construcción social esencialmente evolutiva y
vinculada a la protección y ejercicio de sus derechos.

Para
los efectos de esta ley se entenderá por enfermedad o trastorno mental
una condición mórbida que presente una determinada persona, afectando en
intensidades variables el funcionamiento de la mente, el organismo, la
personalidad y la interacción social, en forma transitoria o
permanente.”

Precisamente
en la interacción con los demás es donde se aprecia el delirio, la
adecuada percepción de la realidad y de nuestras posibilidades. Que
sucede cuando somos sometidos a un bombardeo de noticias falsas,
promesas, ofertas no sólo económicas sino casi de redención, cuyo
cumplimiento invariablemente se posterga para las próximas elecciones.
Es allí donde la propuesta de Claudio Naranjo, sanar la mentes como
condición para sanar el mundo, adquiere sentido, lo que importa es la
necesidad de prevenir, anticiparnos y protegernos del delirio. Así,
nuestra generación, excepto los que tiene sus propios recursos, no
accederá a pensiones dignas, en el corto plazo, no tendremos educación
gratuita y de calidad, no habrá vivienda gratis y digna sin ahorro
previo, cada chileno no tendrá televisor a color ni alcanzará antes de
las próximas elecciones el estatus propio de un país desarrollado, a
menos claro está, que emigre. O sea, correr el umbral de lo posible sin
tasa ni medida, no sólo es demagogia sino que cuando se hacen una
práctica social las noticias falsas y las promesas extremas debidamente
manipuladas, se transforman en un elemento, arma o instrumento que
perturba gravemente nuestra salu
d mental.

Los
tiempos han cambiado, el concepto de virtud para generar una sociedad
feliz, también ha cambiado, pero al menos podemos aspirar a un mínimo, a
exigir autocontrol y mente sana en nuestros legisladores, algunas
propuestas lisa y llanamente atentan no sólo contra el sentido común,
sino que contra nuestra propia estabilidad y salud mental, son una mofa o
insulto que ocasionan un serio desequilibrio, angustia y desazón en las
personas, como sostener, por ejemplo, que debemos trabajar hasta los
ciento tres años para jubilar, que por cierto encuentra defensores en
quienes no están dispuestos a ceder ni un ápice en sus posiciones acerca
de las ventajas del libre mercado y la especulación con los fondos
previsionales ajenos.

En realidad más allá de la opinión
que se tenga acerca de las ventajas o desventajas del sistema de
capitalización individual, semejantes opiniones son expresiones propias
de personas con graves psicopatías, carentes de sentimientos de culpa o
vergüenza, que inclusive descalifican las opiniones de quienes
válidamente pueden entender que el sistema de AFP, es justo y el más
adecuado, en tanto importa no sólo la conformación de un fondo
previsional sino que un mecanismo válido de capitalización para la
inversión y el desarrollo económico. En tanto, quienes no aspiramos a
vivir ciento tres años debe
mos cuidarnos no solo del desamparo, sino que de proteger nuestra salud mental.

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