La
democracia se expresó en las urnas y favoreció a la opción del Rechazo.
Ganó simplemente quien logró tener más sintonía con esa mayoría
electoral conservadora y que gusta de cambios, pero graduales, casi
obvios. Compatriotas preferentemente de sectores populares que temen a
las transformaciones globales, principalmente porque podrían poner en
riesgo su sobrevivencia, aunque sea precaria, pero se aferran a lo poco
que tienen. Desde esta tribuna quiero expresar mi total repudio a todos
aquellos que se atreven de calificar de vendidos, traidores e ignorantes
a aquellas personas que se inclinaron por una opción que no los
favoreció. Sin duda la derrota es dolorosa, pero ello no da pie a las
descalificaciones y juicios peyorativos a quien decimos interpretar y
representar. Esa actitud solo ratifica lo miope y egoísta de personas y
partidos que se arrogan la representación del pueblo, sin importarle lo
que el pueblo opina.
Recorrer
las razones que al menos yo entiendo como causas de la derrota
aplastante del domingo quizás permita orientar o entregar ideas de dónde
está el pueblo en este debate.
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La Convención Constituyente en sí misma, y como una parte de sus
integrantes asumieron su rol, quizás sea la mayor causa de la derrota.
El exceso de proyectos y reivindicaciones minoritarias que lograron
articularse a costa de imponerse a través de la presión sobre otras
materias fue aislando el texto de las grandes mayorías. Se impuso la
soberbia de algunos que se arrogaban la representación de la voluntad
popular sobre aquellos que legítimamente proponían iniciativas de mayor
sintonía en la población. Obnubilarse con el 78% de entrada hizo perder
el juicio de muchos constituyentes y perder el contacto con la voluntad
popular.
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El Gobierno es el gran derrotado al cometer el error de vincular su
gestión con el éxito de la propuesta constitucional. Por ello, las dudas
y errores de los primeros meses del Gobierno, sumado a su inmovilidad
en muchas materias gravitantes para la ciudadanía, llevó a la pérdida de
apoyo ciudadano, afectando progresivamente el éxito del Apruebo. Por
otro lado, el chipe libre de gran parte de los constituyentes del Frente
Amplio y la alianza entre el PC y los integrantes de la Lista del
Pueblo terminó por responsabilizar de las malas praxis de la Convención
al Gobierno, principalmente por su displicencia.
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Una sociedad evoluciona y exige transformaciones institucionales, pero
no al revés. La ciudadanía chilena ha demostrado ser conservadora y
gradualista, aferrándose electoralmente a la opción más segura. Por
ello, desde 2010 hemos visto mareas de voto de un lado al otro del
espectro político. Una Constitución altamente transformadora con
plurinacionalidad, autonomías territoriales, diversos sistemas
judiciales, se hizo inentendible para una ciudadanía temerosa a los
cambios globales.
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La campaña del Rechazo comenzó desde el primer día de la Convención con
un fuerte componente mediático. Los exabruptos se convirtieron en
reclamo, los errores en escándalos y las posturas radicales en miedo, en
todos los medios comunicacionales. Las malas interpretaciones y las
noticias falsas se convirtieron en dudas y posiciones en una población
chilena tradicionalista.
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El Rechazo supo construir transversalidades y sumar mayorías. DC,
radicales y amarillos se sumaron a sus huestes y la tesis de ‘rechazar
para reformar’ empezó a ganar adeptos, aunque poco creíble en el electorado
de centroizquierda. Ello hasta que Boric quitó tensión a las posiciones
y abrió una vía a los electores que tenían dudas sobre la Constitución.
Desde ahí nada se perdía con Rechazar.
En
la derrota no todo está perdido. La discusión logró instalar en la
ciudadanía temas que difícilmente serán olvidados en futuras iniciativas
constitucionales (aunque quizás en forma parcial): el Estado social de
derechos, la paridad de género, el regionalismo, cuidado del medio
ambiente, el reconocimiento de los pueblos originarios, entre otros.
Vendrán otras luchas, un nuevo acuerdo político y seguramente otra
Convención. Los cambios se frenan, pero no se detienen.