Aunque
para algunos les sea desagradable, en Chile y en Occidente en general
vivimos bajo democracias liberales y representativas. La manera en que
los distintos países de Occidente se han organizado para convivir ha
sido y es la democracia de tipo representativa, lo que significa que la
soberanía, es decir, la capacidad de autonormarse y decidir por sí y
ante sí los destinos del país, está radicada en el pueblo, es decir, en
todos los chilenos, cualquiera sea su condición social, económica, su
raza, sus ideas, etc. Y el ejercicio de la soberanía se traduce, en lo
político, en la elección de representantes mediante votaciones
populares, siendo ellos quienes en los distintos órganos tendrán nuestra
voz. Si mal elegimos, no votamos u ocurre cualquier otra circunstancia
por la cual pueda parecer que algún mandatario no sea el adecuado para
el cargo, vendrán otras elecciones para quizás corregir el error. Por
eso el llamado de algunos candidatos a constituyente de azuzar al pueblo
para que presione por si alguna norma no es del agrado de aquellos con
el fin de cambiarla, es altamente peligrosa y contraria a la convivencia
democrática. El país decidió, para bien y para mal, que 155 personas
redactarían un texto constitucional para someterlo a aprobación de la
ciudadanía. El acuerdo de noviembre del 2019 es claro y no admite ni
legitima el uso de la fuerza para que grupos organizados amedrenten por
cualquier vía a los convencionales. Quienes siendo aún candidatos están
preparando organizaciones para torcer la voluntad de constituyentes que
no piensan como ellos, deslegitiman la labor de la Convención, pudiendo
incluso llegar a deslegitimar también el texto que terminen de redactar,
pues habrá sido fruto del miedo, la violencia y la extorsión. Algunos
quieren seguir la senda de los funestos días de octubre del 2019, cuando
por medio de la violencia extrema organizada, y alentada o tolerada por
partidos políticos de oposición, obtuvieron lo que en las urnas han
sido incapaces de obtener. Este mismo modus operandi querrán usar para
cuando esté en funciones la Convención Constitucional: si por medio de
los votos no obtienen lo que pretenden, entonces el terror será el arma
que usarán, y todo bajo el silencio cómplice de quienes usan la palabra
“pueblo” para obtener sus propios fines. Estamos transitando por una
época crucial de la vida como país, aunque este es un fenómeno global.
Un sector quiere imponerse sobre millones de personas por medio de la
violencia, del engaño, de pervertir el idioma con fines ideológicos. La
familia es el centro de su brutal ataque, pues disuelta la familia, ya
el ser humano carecerá de arraigo emocional que tanto necesita y será
presa más fácil de las ideologías, para terminar siendo manipulados por
gobernantes que se harán de mucho dinero a costa de empobrecer a
personas desencantadas hasta de su propia vida. Les prometerán el
paraíso en la tierra, donde lo divino será borrado, como en los países
en donde curiosamente gobierna el Partido Comunista, que lo hace con
mano de hierro. No significa que la ciudadanía no deba participar en el
debate constitucional; al contrario, debe ser protagonista, pero eso
dependerá de cada uno de nosotros y de los constituyentes electos,
quienes dentro de los márgenes de la institucionalidad deberán abrir la
discusión a la ciudadanía de manera ordenada, responsable, civilizada,
en un diálogo respetuoso. En definitiva, y a mi parecer, quienes llaman a
presionar a los constituyentes que sean elegidos están actuando
antidemocráticamenmte.