El ruido de la pandemia

Hemos
sostenido previamente la importancia de trabajar permanentemente por
desarrollar un sistema en armonía, como desafío y tarea en la
perspectiva de la realización humana, tanto material como espiritual. Al
respecto, el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile ha señalado que
nada de lo que hacen hombres y mujeres tendría belleza, sin la necesaria
armonía que produce el equilibrio mágico entre el emisor y el receptor
de la obra plasmada. En este sentido de armonía, surge como posibilidad
una comunicación fraterna y solidaria, un encuentro de voluntades
individuales y colectivas, características capaces de propiciar cambios
necesarios para mejorar las condiciones de vida de todos y todas. Se
opone a este concepto utópico el Ruido, un sonido inarticulado, sin
ritmo y confuso que logra generar interferencias que afectan, a veces
intencionadamente, al proceso comunicativo impidiendo al receptor
escuchar y comprender el mensaje y generando el rompimiento de la
armonía y de la belleza. Las nuevas condicionantes que estamos
experimentando individual y colectivamente y que emergen de la
insoslayable interrelación entre el humano y el ambiente, están
generando un ruido amplificado y hasta ecualizado, por las exigentes y
severas pero necesarias restricciones que empezamos a vivir en nuestra
región. Ya no están en juego sólo las iniciativas que surgen desde las
esferas superiores del Estado, sino que las que nacen desde la base
popular, con la legitima exigencia de contar con todo aquello que
permita la persistencia de la vida. De todos y de todas. Si no ponemos
armonía en cada una de esas voces, es fácil predecir que en el encuentro
de ellas se producirá una distorsión que hará más severo el ruido y
menos entendibles los argumentos. Debemos sumar a esto, el imperdible
ruido de las ambiciones y de la falta de empatía de una elite que
disfruta parcialmente de su exclusiva, pero efímera armonía. En este
contexto, imaginamos estar camino a una nueva versión de la Edad Media,
que en nuestros registros históricos resumen nada menos que1.500 años de
humanidad. Aquella es una época en la que el humano convivió con formas
espirituales, dentro de una sociedad que fue momentáneamente menos
entregada al materialismo, pero regida por dogmatismos basados en la
ignorancia y la esclavitud. Ad portas de una nueva época medieval, esta
vez nosotros tenemos conciencia de ser parte del problema y de las
soluciones en tanto que no estamos ante conflictos de otros seres
humanos, de parias y extranjeros. Por ello, podemos pensar en el
armónico suceder de una etapa de la humanidad, portadora de nuevas
costumbres y visiones que faciliten la igualdad, la fraternidad y la
libertad. Sin embargo, estos valores parecen lejanos cuando nos
enfrentamos al ruido ensordecedor que produce el miedo, la falta de
información y de recursos, en una sociedad individualista, en jaque y
que fuerza a confundir la guerra con la paz o la coacción con el cariño y
la ayuda bienintencionada. Finalmente, el resultado de esta dramática
pero no cinematográfica vivencia dependerá de la consecuencia que exista
entre lo que se dice y aquello que se hace y esto no es otra cosa, sino
que una actitud personal.

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