El sectarismo de las Ideas

Para
empezar, hay que tener claro que las ideas son la forma de ver las
particularidades que tenemos las personas, fruto de las experiencias y
de la capacidad del pensamiento. Estas ideas cuando dirigen las
conductas de grupos de personas, las llamamos ideologías, las cuales no
son exclusivas de una fracción de la sociedad, sino del total de la
misma. Y según las distintas representaciones de interpretar la
realidad, tendremos distintas ideologías que las representen.

También
es cierto, que debido a la variedad de ideologías surge la competencia
por la supremacía de estas, por quien lidera o impone las normas de la
sociedad. Cada una de ellas intenta imponerse sobre las demás, en muchas
ocasiones de forma violenta. En consecuencia, nuestra sociedad se ha
dotado de un mecanismo para evitar que estos ideas sectorizadas acaben
en beligerancias violentas.  Ese mecanismo se llama democracia, donde
las confrontaciones ideológicas encuentran un campo de negociación y
acuerdo.

Sin
embargo, siempre está la tensión del conflicto y de las
radicalizaciones, por lo que se debe luchar por ese espacio de
democracia, de discusión. Más aún en nuestra actualidad nacional, donde
apreciamos la fuerte imagen de sectarismos ideológicos desde los inicios
de la elección de los constituyentes, que marcan una potente
polarización en la política y en el clima social. Ha sido tal el nivel
de esta, que muchos militantes, políticos y personas públicas se
alejaron de campañas previas al plebiscito de salida, a causa de la
evidente percepción de estar en un escenario donde unas mayorías se
quieren llevar el jamón completo para su casa.

Es
evidente que la convención fue fuente de polarización. Al final de la
misma, existía la percepción de que una opción no es completamente
buena, y que la otra no es completamente tan mala. O sea, tanto el
apruebo como el rechazo tuvieron argumentos que los validaban. El tema
es, que ante un texto constitucional que sinceramente tenía algunas
deficiencias, palpablemente se iba a observar ese escenario fracturado
del cual acabaríamos por discutir sobre la desacreditación de las ideas,
el poco ánimo de discusión, la poca argumentación, dejar todo en un
blanco y negro sin advertir que la gama de grises cubre un amplio
espectro. Entrar luego en la descalificación, cuando el trabajo serio y
responsable no se hizo cuando debió hacerse, es no entender el ejercicio
político al que se estaba llamando, en un campo de negociación y de
acuerdos como es construir una constitución.

Se
precisaba buscar acuerdos y para que estas colaboraciones se dieran, se
tenía que dar un diálogo franco y flexible. No deberían existir
constituyentes tratando de imponer cada uno su posición y dejar de
negociar lo más importante para las personas. En otras palabras, cada
constituyente debió ceder a un bien común. No fue así, al final se llegó
a una radicalización política cuyas consecuencias adversas nos llevaron
a no ver el vaso medio lleno, que aquí no había que ir a quemar un
sistema ni a defender el que existe, sino hacer algo nuevo con los
cimientos jurídicos y políticos coherentes.

Obviamente
como no se hizo, mientras algunos piensan que lo hicieron bien, se
establece la actual discusión sobre que hacemos para continuar el
proceso, aunque es francamente intrascendente porque las ideas fueron
las que perdieron. Entonces nos preguntamos, cómo reflexionamos el país
de ahora en más, cuáles son los desafíos para una mejor organización y
diálogo. El populismo llegó a tal envergadura que se empezaron a dar
cuenta de los errores de ambos lados. Todos empiezan a ofrecer reformas,
reformas y más reformas. El populismo se volvió a apoderar de un
proceso noble, legítimo y necesario. A dónde quedó el espíritu
Rousseauniano de ceder parte de nuestro consentimiento para crear la
voluntad general y fijar las nuevas reglas del juego.

Ya estamos cerca de los 3 años del estallido social y aún estamos en fojas cero. Se precisa buscar
avenencias y para que estas colaboraciones triunfen, se tiene que
establecer una conversación franca y flexible. En otras palabras, cada
sectarismo ideológico debe ceder por un bien común con el fin de obtener
el mejor de los acuerdos.

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