El segundo componente de la IE

El segundo componente de la inteligencia emocional   es la autorregulación emocional, la cual es la capacidad para gestionar de forma adecuada la manifestación de las emociones. Es decir, es tener la habilidad para expresar o manifestar la emoción en función de lo que se considera más adecuado según las circunstancias. Es decir, se trata que tanto las emociones positivas o negativas, se experimenten y se expresen de forma adecuada. Por ejemplo: una persona, aunque este muy alegre, no puede reírse de manera escandalosa en un velorio, por muy positiva que sea esta emoción.

La autorregulación emocional es clave para mantener una buena salud mental. Aprender a reconocer, entender y administrar las emociones facilitas gestionar el estrés, mejorar las relaciones con los otros y tomar decisiones acertadas. También ayuda a mejorar las relaciones interpersonales. El saber gestionar las emociones, ayuda a evitar reacciones impulsivas o agresivas con la que pueden dañar las relaciones con los demás. Es decir, fortalece los vínculos sociales.

Hay investigaciones que demuestran que la capacidad de autorregularse es un fuerte predictor del éxito académico.

La dificultad en la autorregulación emocional genera un aumento en las disfunciones psicosociales y emocionales como el bullying. Los niños que intimidan a otros niños, no pueden autorregularse apropiadamente y expresan sus emociones de manera inadecuada como:  gritar, atacar con sus puños, etc. Además, tales conductas provocan reacciones negativas en el entorno, las cuales se pueden exacerbar a través del tiempo.  Lo que puede llevarlos a tener a problemas más severos. Es sabido que los niños que fracasan en la apropiada autorregulación, crecen como adolescentes con problemas conductuales. Por otro lado, estos niños a menudo son excluidos de los grupos sociales y fustigados por sus pares. Esto a su vez puede causar que se transformen en marginados sociales.

La autorregulación emocional no se trata de no sentir. El bloqueo de los sentimientos o reprimirlos puede causar tantos problemas como cualquier arrebato. No hay nada malo en tener emociones -buenas o negativas-. Todas las emociones son legítimas y los niños deben saber que tienen pleno derecho a sentir lo que sienten en el momento en que lo hacen. Lo importante, es el cómo gestionan estas emociones, y eso es lo aprenden principalmente de los adultos. Por ejemplo: un niño se enoja (ira) con otro compañero y lo golpea. Con esta forma de responder frente a la emoción daña a otro y a la larga se daña a sí mismo, pero si este niño conversa con su mama sobre lo que siente, ella le puede dar distintas alternativas de respuestas que no sean nocivas. 

La clave consiste en formar a los niños de forma que puedan reconocer y expresar lo que sienten sin sentirse mal, pero sin causar daños (ni físicos ni emocionales) ni a ellos mismos ni a los demás.

En la próxima columna se vera la capacidad de motivarse a uno mismo.

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