¡Cuánta falta nos hace un Cardenal Raúl Silva Henríquez en estos tiempos! Salvo las declaraciones humanistas del Padre Berríos y una referencia del Papa Francisco, el silencio sepulcral del clero chileno resulta impactante para una sociedad que se desangra. Para un país que se declara católico y donde es necesario propiciar la paz por sobre toda la contingencia, resulta doloroso que quienes tienen por vocación el don de la conversión, del consuelo y de la instigación a la reconciliación, estén enclaustrados en sus feudos, temerosos que no les vayan a quemar sus iglesias. Si Jesús hubiera estado vivo habría salido a las calles, habría sido entrevistado por los canales, habría ido a Palacio, habría exhortado al Presidente a escuchar y al General Director a controlar a sus hombres, habría ido una y otra vez al Congreso a presionar para que las leyes sean más justas y que los parlamentarios vean más allá de sus ombligos. Habría dado un mensaje de racionalidad y un llamado a la cordura para evitar la fiebre desatada de las últimas semanas. El desbande de nuestra sociedad, el incremento del odio por la falta de respuestas claras y contundentes y la proliferación de las bandas armadas se dieron por la falta de dirección moral de todo el espectro. La falta de una conducción asertiva he dejado que cada uno se rasque con sus propias uñas, que padezcan de lesiones y daños irreparables y no hay ningún mensaje que las lave. El Estado laico, la pérdida de credibilidad en las sotanas, el posicionamiento y el rechazo abierto de gran parte de la juventud a la intervención divina por su declaración ateísta no era óbice para no alzar la voz. ¿Cuál era el temor? ¿A ser criticados, funados, apedreados, lapidados, crucificados? ¿No le pasó eso a Él mismo, a los primeros cristianos en el Coliseo Romano? La Palabra es más potente que las personas y la entereza moral de una convicción humanista no puede ser cuestionada por nadie porque la moral no busca réditos. Se ha perdido mucho en Chile y también se ha perdido la oportunidad de aglutinar bajo el espectro del Salvador. El pesebre, este año, estará más pobre que nunca y podríamos habernos encontrado con la iluminación de la estrella de Belén que debía abrir nuestros corazones como un bálsamo de amor y no consumista como estábamos acostumbrados.