El
predominio en las personas de su propio modo de pensar y de sentir para
actuar es la nueva “religión” del siglo XXI en Occidente. Este hecho ha
sofocado, al extremo de negar, principios morales de validez universal
que al hombre le corresponde reconocer.
Para
muchas personas, el criterio de verdad a la hora de tomar una decisión
surge del sentimiento o del deseo antes que de una reflexión propiamente
racional. El mundo moderno tiene su paradigma incuestionable: “si lo
deseo y lo siento, entonces lo hago”.
La
búsqueda sincera de la verdad y del bien escasea. Detrás de esta
mentalidad se esconde la peligrosa tesis de que la verdad no existe, que
el hombre no la puede conocer y, por lo tanto, su horizonte de
comprensión de la realidad se reduce a sus deseos, intuiciones o
instintos, y se constituye en su “incuestionable verdad”. El emotivismo
se ha enquistado en la sociedad con fuerza junto a un gran escepticismo
frente a la posibilidad de conocer la verdad que la realidad lleva
grabada.
Así
las cosas, el hombre ha empobrecido la riqueza de su propio ser y el
insondable misterio que esconde su existencia. La esperanza del hombre
está puesta en la ciencia y en la tecnología más que en sí mismo, la que
ha adquirido un poder que sobrepasa con creces su genuino y valioso
aporte. El emotivismo ha hecho que a través de la tecnología el hombre
enfermo -o terceros- decida si quiere morir o seguir viviendo; la mujer
decida si quiere o no tener un hijo, cómo tenerlo y en qué condiciones;
elegir el sexo, y muy pronto, los rasgos genéticos que le gustan, etc.
La tecnología, desprovista de una reflexión ética, permitirá cambiar de
apariencia física y hacer creer que somos lo que no somos.
Así,
el único valor que se reconoce es “el derecho de ver cumplidos los
deseos” al margen de cualquier consideración. Esta nueva forma de
comprender la existencia trata al poder legislativo como meros notarios
del deseo de las personas; al médico como mero ejecutor de acciones en
la nueva lógica de la “medicina del deseo” y, lo que es más grave aún,
deja a muchos seres humanos en el camino. Ellos son, según Francisco,
los descartados.