El temor a los cambios

Las
noticias y opiniones políticas que han surgido en las últimas semanas
tienen un connotado tinte de aflicción por las cosas que pueden surgir
de todo lo que se nos viene en los próximos meses y años. Generan una
inquietud innecesaria en la comunidad que nuestro país no se merece. Si
fue excesiva la propaganda del terror durante todos los procesos
electorales que dejamos atrás, pareciera que nos estamos enfrentando a
una serie de pequeñas réplicas que buscan mantener asustada a la
sociedad. De alguna manera las castas que tienen el poder político,
económico y de los medios reflejan sus propios miedos y procuran generar
empatía en cualquier espacio que puedan.

Los
comentarios poco comedidos y hasta ofensivos respecto de las
designaciones de ministros del futuro gabinete se verán incrementados en
estos días apenas tengamos conocimiento de la nómina de los
subsecretarios. Para un país que le gusta del comidillo, cualquier
situación que raye la pintura de alguien es tema de importancia
nacional, y los matinales son especialistas en mantener la atención de
sus audiencias.

Aún
no comienza el período y ya hay voces que buscan que todo se mantenga
igual. Encuestas y columnas de opinión procuran opacar cualquier
iniciativa que tenga un viso de cambio y se olvidan que las personas
electas lo fueron gracias al voto de quienes optaron por sus posturas y
confían en las nuevas ideas, desafíos y sueños de una nación distinta en
lo profundo de su alma.

Es
necesario remecer conciencias para que exista un cambio y salir del
metro cuadrado de conformidad en que nos encontramos y que tanto nos ha
costado conseguir. Nadie está en condiciones de perderlo, ni siquiera
aquellos que puedan ser afectados por el pago de algo más de impuestos.

La
teoría del terror es realmente pasmosa y atentatoria y nos hace ver
como que el único mal lo tenemos en nuestro alrededor y dejamos de lado
las cosas realmente importantes que nos aquejan como miembros de una
comunidad global: la pandemia, las carencias de nuestros vecinos, los
desastres naturales por el cambio climático o las amenazas de guerra al
otro lado del mundo, entre otros.

Lo
mismo está ocurriendo con los avances de la Asamblea Constitucional. Al
inicio fue un derroche de mofas para posicionar la imagen de un inútil
proceso al que mucha gente apoyó. Quienes fueron electos lo hicieron con
el poder democrático de los votos que consiguieron y arrastraron
consigo la inexperiencia política, social y de modales que se podría
esperar de una institucionalidad tradicional. La conformación de esa
comunidad de constituyentes es tan variada que no fue la copia de aquel
molde que se podría haber preparado. De hecho, el resultado inicial fue
una sorpresa para todos. No olvidemos que hay un sector que, habiendo
rechazado el proceso plebiscitario, ha mantenido inclaudicable su
posición sin siquiera conocer el trabajo que se está realizando.

Ahora
ha comenzado el terror de los mismos de siempre que equivocan a
propósito sus lineamientos. No entienden en lo absoluto lo que ocurre en
el interior del hemiciclo y hablan en base a la ignorancia. Quizás lo
entienden y aprovechan sus posiciones para confundir y atraer adeptos a
sus intereses, y eso refleja una bajeza moral que no tiene perdón. Es
cosa de hacer el seguimiento de las noticias para darnos cuenta de todo
este marcado proceso de desfiguración que se ha instalado. Los que se
querían ir de Chile ya no piensan lo mismo; los que tiritaban viendo al
PC en el mando del gobierno están sorprendidos; la moderación del
discurso del Presidente electo les afecta; la diversidad de afectos y
adhesiones que su persona ha generado ha minado la artillería de sus más
reactivos detractores y esperemos que vayan quedando solos mientras la
nación se cimenta sobre una nueva forma de hacer política, donde solo
hace falta que se le dé la oportunidad y el espacio para que se pueda
ejecutar.

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