Todos los inicios de mes, nos encontramos con el boletín del Índice de Precios al Consumidor (IPC) del Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Para muchos, esto no dice nada, sin embargo, cuando indicamos que este índice es el que mide la inflación la cosa cambia. Pues claro, la inflación no es bien recibida cuando golpea nuestra puerta, ya que tenemos claro que se trata de un aumento sostenido y generalizado de precios que desgasta el poder adquisitivo de nuestros ingresos. En otras palabras, suben los precios y con el mismo dinero que tenemos, compramos menos.
Hace algunos meses, la inflación se nos había escapado de las manos, llegando a niveles altos que no habíamos experimentado por décadas, donde los grandes responsables fueron algunos actores políticos que jugaron con las expectativas de las personas, llevando a que éstas mismas, sacrifiquen sus futuras pensiones; una especie de harakiri económico. Pero este tema es una lección aprendida por gran parte de la clase política, que en los últimos proyectos de retiros de fondos, sellaron sus votaciones con un rotundo “NO”.
El IPC es un termómetro de precios. Creo que es la mejor forma de definirlo. Cuando el termómetro muestra una alta temperatura es una mala señal, ya que representa una falla en nuestro organismo. Es como cuando se prende una luz en el tablero de nuestro automóvil, que nos indica que algo no anda bien. Pues bien, esta alta temperatura muestra un calentamiento de la economía, donde la velocidad de los precios se incrementa rápidamente. Tenemos el mismo dinero de siempre, pero los precios suben tan rápido que, cada vez podemos comprar menos.
Alguien podría pensar entonces, que el caso ideal sería que la inflación fuese cero, es decir, que los precios no suban, se mantengan siempre igual. Pésima idea, ya que cuando no suben los precios, los vendedores no se verían incentivados a responder a demandas estacionales. Por ejemplo, si los precios no se pueden cambiar ¿Cuál sería el incentivo para aumentar la producción? Como no existe incentivo, no se genera mayor producción llevando a escasez de productos. Pésima idea.
Entonces, la solución económica es que deben subir los precios, pero de forma moderada. Para el Banco Central una forma de moderación rodea el 3%. De hecho, esa es la meta inflacionaria anual que posee esta entidad. Por aquello, es que los precios siempre suben, pero de forma paulatina, no perjudicando el incentivo de los vendedores, ni tampoco el poder adquisitivo de los compradores. Esa es la idea de fondo.
Ahora bien, el Banco Central está alcanzando nuevamente su meta. El último dato del IPC muestra tan sólo una variación mensual del 0,4%, acumulando de enero a julio un 2,5%. Para llegar a ese 2,5% sólo se suman las variaciones mensuales de enero a julio del año 2023. Lo que preocupa, es que son los alimentos los que tienen mayores incrementos. Un ejemplo de ello, son los huevos que han subido un 36,7% en lo que va del año. Si bien existen subsidios a estos alimentos. Estos subsidios van dirigidos a familias vulnerables que reciben dinero para compensar los incrementos en la canasta básica de alimento del Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Pero como ya hemos indicado en otras ocasiones, estos subsidios son estandarizados, es decir da lo mismo que te encuentres en Arica, en Puerto Montt o en Punta Arenas, los montos son muy similares.
En definitiva, debemos persistir en nuestras demandas locales y en la necesidad de reconocer a Magallanes como una zona aislada que requiere tratamientos económicos distintos. Tarea para el parlamento.