La
estrategia de la política para perseguir, mantener o alcanzar el poder
debiera estar centrada, de manera exclusiva, en la difusión clara y
trasparente de las ideas propias y la identificación de la
diferenciación de las demás posturas. Es lo que necesita saber la
ciudadanía, de manera tal que se les pueda conquistar por medio del
convencimiento y no con el terror.
Para
poder tener una comunidad empoderada debemos comenzar a aplicar
numerosos elementos que los miembros de la Asamblea Constituyente, con
apoyo de sus mismos votantes y candidatos no electos, deberán
profundizar: una mayor educación cívica que potencie nuevos
representantes en todas las estructuras de nuestra sociedad; un sentido
más crítico de la publicidad y manejo engañoso de las propagandas
comunicacionales que se realizan de manera indiscriminada en los
distintos medios nacionales y locales; el fortalecimiento de la debida
información respecto de lo que acontece en nuestro país,
descentralizando la vida social y política que hoy, como ayer, pareciera
que está exclusivamente limitado al área metropolitana, olvidándose de
lo que acontece en las regiones.
La
campaña del terror que se impuso en el SÍ y el NO, con un jinete
enarbolando una bandera negra; la constante amenaza de las armas durante
el gobierno de Aylwin; la repetida campaña de un Chilezuela que logró
acceder al poder de Piñera; el daño a las pensiones por causa del primer
y segundo retiro de fondos de las AFP; la posible expropiación de los
mismos fondos; la constante alusión del enfrentamiento de Lavín contra
Jadue como si fuera un mundo de blanco y negro, del bueno sobre el malo;
la constitución autodestructiva como si naciera de una mente nacional
enferma, y numerosas otras alusiones que
se realizan en cada campaña, son el ejemplo de como los poderosos se
aprovechan de la ignorancia, de la falta de autonomía, de las carencias
de un pueblo sometido a la inequidad y que se ve expuesto a la
confusión. Como si Chile fuera solo Las Condes o como si no hay más
donde elegir.
Afortunadamente
Chile ha cambiado. Las elecciones de convencionales, tan distinta a las
demás elecciones políticas realizadas a mediados de mayo, le han dado
un respiro a la sociedad. Hay nuevas caras presentes en el contexto
nacional y, a pesar de que no tendrán una proyección en los próximos
años, forman la base de lo que se espera sea nuestro nuevo país. Se ha
instalado una semilla de esperanza que debe comenzar a germinar para el
cambio de métodos, orgánicas y maneras de hacer política, y como toda
plantación deberá ser regada con la sabiduría de la población y abonada
con la experiencia ancestral. No me cabe duda que esto será lento porque
tiene que irse formando, madurando, fortaleciendo y reforzando con el
avance del tiempo. Nada de lo que produce la tierra es inmediato, y ese
fue nuestro permanente mensaje. Lo importante es que el sistema se
adecúe a esta esperanza, de manera tal que la maleza que hoy intentará
frustrar su germinación sea paulatinamente limitada, podrida y
erradicada. Lo mismo con la corrupción.
No
será fácil, pero no hay que perder la mirada y la objetividad. En los
próximos meses tendremos una activa vida de interacción de ideas y
posiciones y tenemos que asumir la responsabilidad de participar en el
debate, tal como nos comprometimos al momento de inscribirnos en el
Servel, pues Chile está primero y debemos apoyar la causa.
Los
que viven en el terror son los que no entienden lo que ha pasado y la
práctica de lo políticamente correcto debe dejar paso a lo que es lo
socialmente correcto. Mirar de frente a la ciudadanía, entenderla,
empatizar y actuar en consecuencia. Si todos queremos contribuir,
deberemos salir de las tradicionales trincheras y, a pesar de la presión
de sus grupúsculos, deberá buscarse lo mejor para la comunidad por
sobre la convicción personal.