Observar
e identificar hitos en la trayectoria de los países que han perdido sus
democracias no es una tarea sencilla. Esto, debido a que más que
grandes eventos, son pequeños hechos los que van construyendo un proceso
largo y agónico donde lentamente se van socavando los pilares que hacen
la democracia posible. Uno de estos pilares, no cabe duda, es la
libertad de expresión y de prensa, las cuales permiten que los
ciudadanos puedan informarse libremente para así formarse sus propias
opiniones respecto a materias de interés del país. Sin embargo, durante
las últimas semanas, han existido una serie de hechos que deberían
alertarnos acerca del camino que está recorriendo nuestra democracia.
El
primero de ellos es la remoción del periodista Matías del Río del
programa Estado Nacional de TVN por motivos políticos. En un principio,
trascendió que la finalidad de la medida era “proteger” al periodista de
las críticas de las redes sociales. Posteriormente, a través de una
carta, tres de los siete directores de TVN acusaron que la remoción
obedecía a motivos políticos, los cuales no fueron debidamente
comunicados al directorio. Esta situación generó tal polémica que
durante esta semana, gracias a la presión de los medios y de la
ciudadanía, el periodista fue reincorporado al programa. Sin embargo, el
daño ya está hecho. Los periodistas de TVN ahora saben que incomodar al
gobierno puede poner en peligro su trabajo y, por el contrario,
posiblemente “apretar” a la oposición podría hacerlos ascender. El
menoscabo que este episodio le profirió al “canal de todos los chilenos”
y, por tanto, al pluralismo en los medios y la democracia, es evidente.
Otro
de estos hitos es el abierto intervencionismo electoral del gobierno de
cara al plebiscito de septiembre. Bajo el pretexto de una “campaña de
información”, el gobierno ha decidido comandar la campaña del apruebo,
para lo cual está utilizando todo el aparataje del Estado. La estrategia
del gobierno
es sencilla: elegir selectivamente aquellas partes de la constitución
que creen rentable electoralmente. Toda otra interpretación es
catalogada de “fake news”, para lo cual el gobierno elige con pinza y a
conveniencia las interpretaciones más disparatadas sobre el texto
constitucional, prescindiendo de las críticas fundadas. Luego,
cualquiera que no comparta la interpretación oficial del gobierno está
mintiendo, aun cuando existan poderosos argumentos para pensar que el
proyecto constitucional adolece de serios defectos que ponen en riesgo
nuestra democracia. A dicho intervencionismo, que no se veía desde la
vuelta a la democracia, hay que sumarle la actitud matonesca que el
Presidente ha mostrado con la prensa al convertir el maltrato a
periodistas en puntos de prensa en algo recurrente.
La
estrategia del gobierno se encuentra desplegada en todos los frentes.
En el Congreso, diputados del Partido Comunista (sí, el mismo partido
cuyo candidato formuló una ley de medios que fue duramente criticada por
dañar la libertad de prensa) propuso un proyecto de ley que busca
sancionar las “Fake News” sobre la Nueva Constitución. Como es obvio, la
mera aprobación de esta ley desincentivará a la mayoría de las personas
a emitir su opinión de forma libre, ya que, aun siendo esta correcta, y
a pesar de que dicha persona sea absuelta, podría implicar un engorroso
proceso judicial. A esto hay que sumarle la proliferación de diversos
actores, muchos de dudosa reputación e imparcialidad, que, careciendo de
regulación alguna ofician como agentes certificadores de la verdad (o
“fact check”), complementando la campaña del gobierno.
Por
último, el elemento que probablemente mejor caracteriza a aquellas
sociedades que han perdido su democracia es cierta tolerancia de sus
ciudadanos frente a prácticas totalitarias. Con cierto cinismo, algunos
consideran que hechos como la violencia o los atentados a la libertad de
prensa son aceptables cuando favorecen su tendencia política. No
advierten, sin embargo, que de esta forma están contribuyendo a la
pérdida de la democracia. Los elementos están ahí y quien no logre verlo
es porque no quiere.