La
semana pasada poselecciones se han escuchado los análisis y
elucubraciones acerca de lo sucedido y las implicancias a futuro, como
si el camino o el devenir de la vida pública ya estuviera escrito o
predestinado. Algunos análisis, obviamente como todo en la vida, son más
elaborados y sesudos que otros, que simplemente buscan interpretar la
realidad política a un cierto antojo y preferencia.
De
los espectáculos mediáticos de los partidos políticos ni hablar, no se
salva al parecer ninguno, han sido al más puro estilo de realities de
bajo nivel. Siempre se ha escuchado decir que los políticos o quienes
participan de esta hipotética noble actividad, que teóricamente implica
una buena e inspiradora dosis de vocación de servicio para lo público,
estarían conformados por seres de epidermis más bien gruesa -cuero de
chancho-, se ha escuchado decir. Pero la verdad pareciera ser que se
necesita algo más para soportar la traición. Esa misma que describen muy
bien los autores Paulina Fernández y Sebastián Sampieri en su libro
“Una Historia de la Traición en Chile”, en el que relatan varios casos
de deslealtad política en el siglo XX y de cómo se ha ido construyendo
el poder político en nuestro país.
También
se habla en relación a las negociaciones y los laberintos de la
política de “la cocina”, donde fluyen aromas y acuerdos que concilian
posiciones, pero al juzgar por los acontecimientos y recriminaciones en
todos los sectores de la vida política nacional, es muy difícil realizar
una buena cocina cuando los ingredientes principales comienzan a oler
mal, tienen una textura viscosa, están un poco hinchados o tienen mal
sabor. Obviamente todos son signos de que no pasan por su mejor momento,
dejando que las bacterias que los científicos llaman patógenas hagan de
las suyas. Lo preocupante es que son inodoras, incoloras e invisibles,
pero afectan la salud y en este caso al país.
Ninguno
de estos dramas de la vida política son para alegrarse; todo lo
contrario, son signos muy preocupantes para nuestra democracia, debido a
que esta, por definición, se sustenta en un sistema de partidos
políticos: transparentes, con una aguda democracia interna
y sobre todo con sintonía y aprecio de la realidad que sucede en su
entorno. No existen democracias en el mundo que no tengan su sustento en
un sistema de partidos políticos que recogen visiones de la sociedad y
las ponen a consideración de los ciudadanos para que decidan. Cuando
los partidos se desacreditan surgen los populismos, de izquierda o
derecha, y después llega el autoritarismo, convertido en dictadura
eficiente para solucionar los problemas.
Los
movimientos que representan a las personas independientes, o mejor
dichos no militantes que se levantan como alternativa, deben también
rendir cuenta: tener responsabilidad y ser observados por la ciudadanía
para apreciar lo bueno que pueden aportar, siempre y cuando no caigan en
visiones totalizadoras de la sociedad.
El
gran desafío es cómo mejoramos nuestra democracia, superando el triste
récord de ser uno de los países en donde menos se vota, para que en las
próximas elecciones participen más personas informadas que se
responsabilicen del futuro de su país.
Una de las muchas preguntas actuales es, quizás: ¿Voto obligatorio?