Siempre le he tenido mucho respeto y admiración a los Estados Unidos de América, una nación americana fruto de la colonización británica, la inmigración europea y asiática, los pueblos originarios y los esclavos libres del África tras la guerra de la secesión, victoriosa en cada guerra que ha combatido, con un alma e ímpetu por Dios, la libertad, la verdad, la sana competencia, el coraje y la democracia, valores que se les inculcan desde muy pequeños.
Sin embargo, esta última década nos tocó ver como esa gran nación federada compuesta por 51 Estados ha sufrido el embate del conflicto ideológico occidental del siglo XXI entre progresistas, liberales, izquierdas y globalistas por un lado y conservadores, cristianos y nacionalistas por el otro, conflicto que ya se estaba avizorando en el segundo gobierno de Barack Obama.
Debido a esa pugna soterrada que enfrenta también la tradición del campo con el vanguardismo de las urbes, es que el Estado Profundo se enfrentó con el Alma Profunda y aparece Donald John Trump, un exitoso magnate neoyorquino del barrio de Queens, con una fuerte personalidad muy competitivo y altanero pero con un profundo respeto por Dios, la patria, la libertad y la familia, cuya gestión de gobierno logró más de 8 millones de nuevos empleos, logró detener la hegemonía industrial y comercial de China en los Estados Unidos, logró mantener a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos sin imbuirse en ni una sola guerra en toda su administración, logró detener la hegemonía cultural progresista, en suma un éxito económico, cultural, político-militar indiscutible tras 4 años de Gobierno.
Fruto de ese éxito es que Donald Trump pasó de 62 millones de votos para el 2016 a subir a 71 millones de votos para el 2020, convirtiéndose en el Presidente de Estados Unidos más votado en ejercicio, pero esos 9 millones de votos extras tras 4 años de gobierno no le fueron suficientes para lograr una victoria decidida sobre Joseph Robinette Biden Jr., quien sacó 75 millones de votos y quien -hasta el momento de escribir esta columna- mantiene los 270 votos electorales para ser el nuevo presidente de los Estados Unidos.
La elección muy reñida de más de 140 millones de votos vía presencial en urnas, correo electrónico y por carta ha sido catalogada por Donald Trump y la mayoría de los parlamentarios republicanos como un fraude electoral, sin embargo, a una semana de la elección, aún no hay pruebas contundentes de que las anomalías descritas puedan alterar el resultado. Es decir, si bien hay anomalías como gente fallecida que fue a votar, fallas en los sistemas informáticos de conteo en los Estados claves de Michigan, Pensilvania, Georgia y Wisconsin, todavía estos no son de relevancia como alterar el resultado.
Así las cosas, los Republicanos en su justo derecho han pedido el recuento de votos, cuestión que las instancias judiciales y electorales deben juzgar y dirimir, mientras que los Demócratas intentan forzar un reconocimiento anticipado de Joe Biden a fin de dar paso a una urgente transición de gobierno.
Mientras tanto, hasta esta columna, México, Rusia, China, ambas Coreas y Brasil, se abstienen de reconocer un resultado hasta que haya una respuesta oficial de la institucionalidad, a diferencia de países como Chile que se han adelantado a reconocer a Joe Biden.
Si termina por ganar Joe Biden es muy probable que la tensión geopolítica con Rusia y Corea del Norte se acreciente a niveles dramáticos mientras baje con China e Irán.
A nivel económico los Demócratas con Joe Biden aumentarán el gasto social en el Obama Care, subiendo el gasto público y probablemente echando para atrás los logros económicos de la administración Trump.
Para Chile no se advierte mayor diferencia si gana uno y otro, pero sí en materia de exportaciones e importaciones que podrían verse reducidas y quizás una mayor injerencia de Estados Unidos en temas valóricos como la diversidad sexual, promoción del aborto libre y laicismo.