Cuando
miramos no muy atrás en el tiempo, en perspectiva reciente,
probablemente muchos de nosotros podemos evaluar las diferentes
lecciones aprendidas a partir de la crisis sanitaria del Coronavirus.
Protocolos
sanitarios, formas de cuidar la salud propia y la de quienes nos
rodean, la mayoría de los aprendizajes vinculados con mecanismos
preventivos entre otros temas relacionados, por ejemplo, el prestar
atención a la salud mental, pero todavía estamos en deuda con otros
aspectos todavía no resueltos y que resultan necesarios abordar de
manera integral y con celeridad.
A
propósito del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia
contra la Mujer el pasado 25 de noviembre, y las diferentes
manifestaciones y expresiones conmemorativas realizadas alrededor del
mundo y también en Magallanes, resulta ser un oportuno momento para
volver sobre la problemática que lamentablemente sigue afectando a las
sociedades sin distinción.
La
prevalencia de la violencia hacia las mujeres y niñas, se afirma que,
se agravó durante los años recientes como consecuencia de la pandemia
del Covid19, observándose un aumento de ella y profundizando sus
alcances.
A
la fecha, de acuerdo con datos del Ministerio de la Mujer y la Equidad
de Género, en Chile se han registrado 35 femicidios consumados y 143
femicidios frustrados. Igual de preocupantes y duros son los resultados
de la Encuesta de Violencia contra la Mujer en el Ámbito de Violencia
Intrafamiliar y en Otros Espacios 2020, que advierten que, 2 de cada 5
mujeres (41,4%) entre 15 y 65 años señalan que han sido víctimas de
violencia alguna vez en su vida.
Los
números son fríos pero exponen una realidad que tiene nombre y
apellido, una realidad que nos habla de mujeres, madres, hijas, esposas o
hermanas que ya no están, que fueron víctima de un agresor que decidió
poner fin a sus vidas.
Y como cada vez que presentamos este tema en los medios, como ahora, la pregunta recurrente es, ¿qué hacemos?.
Desde
hace varios años, han sido las propias mujeres, organizadas e
independientes, cansadas del acoso y de la violencia, decidieron salir a
las calles y hacer frente a los hechos denunciando con firmeza; gracias
a ese movimiento, hoy se habla mucho más del tema que antes.
Ese
mensaje que se logró instalar debe ser el que siga motivando más y
nuevas acciones que nos permitan avanzar en lograr comunidades cada día
más lejos de un ambiente violento y que finalmente entregue la seguridad
y justicia que necesitan las niñas y mujeres.
Identificar
y conocer los orígenes y causas de la problemática, propiciar la
denuncia, requerir más información y datos oficiales, fortalecer redes
de apoyo entre organizaciones e instituciones, establecer programas de
trabajo a largo plazo y permanentes en las comunidades y escuelas,
hablar del tema y ampliar los espacios de diálogo y discusión, son
algunas de las medidas y respuestas posibles de promover, por supuesto,
junto con autoridades locales y parlamentarias.
La
educación es un lugar particularmente fundamental para comenzar a
formar niñas y niños en contextos libres de violencia, empoderados y
conocedores de sus derechos.
En
definitiva, estamos frente a un problema que nos involucra
directamente, como sociedad y país, y de la misma manera, tenemos la
responsabilidad de brindar soluciones y medidas concretas que permitan
ir revirtiendo los duros datos observados.