Es
propio de nuestra condición humana señalar, identificar nuestra
individualidad desde nuestra corporeidad, nuestro ser. Así, en primera
persona singular nos identificamos como “yo” y, en tal caso, somos
hablantes, escritores o actores. No obstante, desde la otra vereda, nos
conocen o reconocen como segunda persona singular, y nos llaman “tú” o
“usted”.
Toda
acción, todo cometido es generado desde esa individualidad y así está
sujeto al juzgamiento del otro, de aquel que completa todo acto
comunicativo. Es necesario dos, mínimo dos, para establecer esa
interacción, ese acto comunicativo, ese diálogo, y hacer que la verdad
se complete, se equilibre, se establezca desde dos miradas, dos
perspectivas, dos puntos de vista. La razón no está en uno solo; está,
pero de modo imperfecto, incompleto, inconcluso.
¿Cómo
hacer? ¿Cómo hacer para construir, edificar, aportar al desarrollo de
nuestro entorno humano y material? Dialogar, dialogar, conversar,
conversar, hasta el cansancio, hasta la amanecida.
Y lo reitero, dos son necesarios, mínimamente. Tú y yo, yo y tú. ¡Nosotros!
No
obstante, desde un tiempo a esta parte, nos hemos habituado a la
individualidad, al individualismo, y a abandonar al tú, a ningunearlo, a
no considerarlo, a no hacerlo parte de nuestras acciones, de aquellas
que nos involucran a ambos, de nuestras decisiones, de aquellas que nos
interesan a ambos.
¿Por
qué esta práctica? ¿Por qué este abandono? ¿En qué ha derivado? En una
menor identificación, en un leve conocimiento o reconocimiento del tú,
casi en su invisibilización.
Ya
es más común hacer referencias al otro casi como una tercera persona,
no involucrada, no partícipe, no asociada al yo, en expresiones como,
“ellos”, “él” o “ella”, que revelan a alguien ajeno al yo, a nosotros.
No pretendo con esta descripción dar cuenta de algo absoluto, de algo
generalizado, pero sí de algo que se reitera más de lo que quisiéramos.
Así, “ellos” más “ellos” no suma nosotros; no hay modo que ello ocurra.
Este
individualismo, este egocentrismo, este ensimismamiento, ha tributado,
un tanto, o un mucho, todo depende de quien lo juzga, a una cultura del egoísmo. Y no, no necesitamos de ella.
Es
preciso, más hoy, transitar progresivamente a una cultura de la
nostridad, construir un “nosotros”, si no dual, trial, o
definitivamente, plural. Ese “nosotros” que involucre a un yo más un tú,
mínimamente. Un nosotros, que sume, que multiplique, que sea fuerte,
genuino, real.