Dicen
por ahí que el mejor negocio es aquel en que ambas partes ganan, y es
mejor aún cuando ambas partes sienten, además, que se benefician de una
relación que nace del respeto mutuo. Ello es cierto entre las personas y
también entre los países, en donde es evidente que una sana relación de
respeto mutuo genera beneficios a ambos lados de la frontera
compartida.
Por
experiencia personal puedo dar fé de ello; hace ya algunos años,
durante la “crisis del gas” del 2004 y los años siguientes, me tocó
representar los intereses de una empresa chilena en Argentina en
negociaciones con las más altas autoridades de ese país. Los temas
tratados eran delicados y comprometían directamente los intereses de
Chile y/o sus empresas en Argentina, por lo que las negociaciones no
siempre eran fáciles ni particularmente amistosas, con delicados temas
que se debían tratar con especial cuidado.
Afortunadamente
la Embajada de Chile en Argentina contaba con un buen equipo técnico y
asesores de buen nivel; pero por sobre todo, en los casos en que tuve la
suerte de participar, contó con dos muy destacados Embajadores, que le
otorgaban a los equipos negociadores una solvencia y respaldo
envidiables. En efecto, don Luis Maira y don Juan Gabriel Valdés poseían
un “seniority” y un prestigio tal, que infundían un merecido respeto no
solo entre los chilenos sino también entre nuestros interlocutores
argentinos. Recuerdo con orgullo de chileno el respeto con que ambos
embajadores eran recibidos en la Casa Rosada por el entonces presidente
Kirchner, y luego por la presidenta Cristina Fernández y sus respectivos
ministros.
No
podía esperarse menos de quien está a cargo de representar a Chile
frente a nuestro principal vecino, la solidez de nuestros representantes
era directo reflejo de la importancia que se le daba a la relación
bilateral, buscando construir un mejor futuro a ambos lados del alambre.
Por
eso, como chileno y magallánico, con profundos lazos de amistad con
Argentina, desearía que nuestro Embajador reflejase el respeto que
merecen nuestros hermanos argentinos y, por lo tanto, no puede
resultarnos grato que el nombramiento de la futura Embajadora no sea
recibido con el respeto que su investidura merece; pero lo cierto es que
los pergaminos de doña Bárbara no parecen ser precisamente los que uno
esperaría de alguien nombrado para tan importante cargo y
responsabilidad.