En días difíciles mantengo mi esperanza

Siempre
se dice que los alcaldes somos el primer eslabón entre la comunidad y
el Estado. Que las demandas ciudadanas, tengan o no tengan que ver con
la labor municipal, siempre se canalizan a través de las casas edilicias
que se reparten a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional, que
nuestros trabajadores municipales son el brazo estirado de la gestión
que podemos hacer o no hacer. Es cierto. Al escuchar a todos los actores
políticos que han tenido parte durante este estallido social, por lejos
los más conectados con la realidad son los alcaldes que claman justicia
por nuestros pueblos.

Sí,
somos nosotros los que vemos las carencias de los jubilados por un
sistema que no soporta más. Somos nosotros los que desafiamos las
injusticias de la educación intentando brindarle lo más sagrado a los
niños, niñas, adolescentes y jóvenes que están confiando en nuestros
establecimientos. Acá están los municipios asistiendo a las familias que
no les alcanza para llegar a final de mes con el miserable sueldo
mínimo.

Todos
sabían que tarde o temprano esto iba a pasar. Todos sabíamos y, no es
que seamos ni adivinos ni genios, que cuando un ministro nos mandaba a
hacer bingos para tapar los techos de los liceos; a levantarse más
temprano para ahorrar; comprar flores porque bajaron mientras el costo
de la vida aumentaba; que no podemos jugar una Copa América por las
horas de trabajo; mirar para el lado con el asesinato y montaje del
comunero mapuche Camilo Catrillanca; estaban prendiendo fuego a la
pólvora que pronto iba a estallar.

Chile
se ha movilizado en todos sus rincones. Somos cientos que vemos hoy una
luz de esperanza de poder hacer de este hermoso país, un país más justo
donde vivir. Que los más ricos paguen lo que deben pagar. Que los
municipios más pobres podamos tener más recursos para hacer más y mejor
gestión. Por qué no, este es el momento de una vez por toda, tener una
nueva constitución que nos haga relacionarnos de forma distinta.

Yo
no puedo desconocer que este modelo logró que muchas personas de este
país progresaran durante los últimos 30 años. Que claramente se bajó los
niveles de pobreza y analfabetismo que nos legó la dictadura; pero
también es imposible hacerse los ciegos y tener la claridad de que este
mismo modelo enriqueció hasta la vergüenza de unos pocos, hizo tener más
plata a unos pocos más, hizo que una clase media, claramente endeudada,
pudiese adquirir bienes y entrar a la universidad; pero también condenó
a generaciones y familias completas a la pobreza absoluta con nula o
casi nula posibilidad de cambiar el destino que fueron obligados a
vivir.

En
Cabo de Hornos, al ser una isla y ser una zona realmente extrema,
nuestra civilidad y la forma de desenvolvernos es distinta. Mostramos
nuestro descontento con fuerza y responsabilidad, por ejemplo, sobre
como querían abusar de nuestras aguas e instalarnos la industria del
salmón.

En
Navarino cabemos todos, los de izquierda, centro y derecha. Acá nos
colaboramos y convivimos de forma maravillosa los civiles y uniformados.
Somos ejemplo de convivencia de todas las clases sociales, de todos los
credos. Compartimos nuestros barrios, jardines y liceo, todos nuestros
niños se conocen y no tienen distinción.

Tengo
la seguridad de que Chile no volverá a ser el mismo. De este estallido
social se tiene que levantar un país más justo y amigable. Nosotros acá
seguiremos exigiendo un mejor vivir, de la mano, todos juntos, porque
con la unidad, Cabo de Hornos crece.

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