La delincuencia ya se apoderó de muchas comunas de nuestro país. Estamos en el peor momento económico. Tenemos graves deficiencias en salud, educación y vivienda. Y las mejoras en las pensiones para nuestros jubilados son meramente promesas de campañas electorales. Ese es el diagnóstico de Chile a un mes de un plebiscito de salida para una nueva Constitución.
Por mucho tiempo nos hicieron creer que Chile era un país modelo, un ejemplo para la región, miembro de la OCDE, tigres de Latinoamérica. Pero el Estallido Social y la pandemia del Coronavirus nos pusieron en el sitial que quizás siempre estuvimos. Si nosotros no somos capaces de sacar adelante nuevamente a nuestro país, nadie nos ayudará, porque hoy todos están en problemas. Con la dura recesión a la que nos vemos enfrentados, nos daremos cuenta de que nuestro país ingresó por la ventana a la OCDE.
Con indicadores y cifras útiles solo para inversionistas y especuladores. Hoy Chile no es más que un país que aspira a salir del subdesarrollo. La actual crisis ha desnudado todas nuestras falencias, ha dejado caer todo el decorado y las luces de neón que adornan nuestras grandes ciudades para regresarnos al fantasma del Tercer Mundo. La pobreza está instalada, estamos viviendo precariedad, miedo al futuro y en algunos casos hambre.
En Magallanes jamás habíamos vivido la incertidumbre de hoy. ¿Y por qué? Porque las políticas públicas no han sido buenas y cuando debimos diversificar nuestro sector productivo le cerramos las puertas a grandes empresas que nos entregaban más de mil empleos.
En nuestra región hemos sido egoístas, porque sacamos la calculadora para ver si la suma es productiva solo para mí y no para mis vecinos, esos que hoy no tienen trabajo y no pueden conciliar el sueño por no tener una claridad acerca de su futuro y el de sus familias.
No hemos sido capaces de reinventarnos y porque lamentablemente no hemos tenido autoridades cuyos liderazgos nos lleven en la dirección correcta. Estamos sufriendo una seria depresión, pero por nuestros propios pecados, porque nunca visualizamos más allá de nuestro propio metro cuadrado.