Se
le atribuye a la comadreja la capacidad de poder ingerir el contenido
de un huevo sin dañar la cascara. De manera semejante hay términos que,
adicionados a ciertos vocablos, los vacían de su contenido dándole un
sentido completamente diferente. Son las “palabras comadreja”. Hayek
destaca la palabra “social”, que se aplica a todo aquello que reduce las
diferencias de ingresos, como una de las principales fuentes de la
actual confusión de nuestro vocabulario moral y político.
A
partir de la Alemania de Bismarck que la incorporó a la agenda
política, la palabra “social” se ha usado cada vez con mayor frecuencia
para vaciar del contenido a cada uno de los sustantivos a los que se
aplica. La triquiñuela ha resultado muy útil a los políticos para que
puedan utilizar vocablos indispensables para su actividad, pero evitando
las implicaciones que tienen las palabras en sí mismas.
Uno
de los peores abusos es cuando se adiciona la palabra “social” al
concepto de justicia. Hayek plantea que la tan recurrida expresión
“justicia social” no es mas que un fraude semántico que ha causado un
gran daño intelectual. La justicia consiste en dar a cada uno lo suyo,
pero al adicionar el calificativo “social”, le da legitimidad al acto de
arrebatar a unos lo que les pertenece para entregárselo a otros a los
que no le pertenece. La palabra comadreja “social” extrae el contenido
de la justicia para cambiar radicalmente su sentido.
La
justicia deja así atrás su tradicional ceguera, que representa la
igualdad ante la Ley, se quita la venda de los ojos y aplica su espada
sobre algunos para generar la igualdad de resultados independiente del
esfuerzo o los méritos de cada cual. El concepto de igualdad ante la Ley
se reemplaza entonces por la igualdad por medio de la Ley.
Para
peor, los que definen la forma -totalmente subjetiva- como esa
“justicia social” se aplicará sobre nosotros serán los políticos,
favoreciendo, claro está, primero a ellos mismos y después a sus
partidarios y a los grupos de presión más efectivos y vociferantes.
Se
abren así las puertas a un poder ilimitado del Estado -es decir de los
políticos- para permitirles violar los derechos privados, las libertades
y cualquier contrato privado en aras de establecer su particular
sentido de justicia para tratar de establecer una igualdad que jamás se
alcanzará, porque los seres humanos somos inevitablemente diferentes.
Todos
los candidatos a constituyentes deberían tener en consideración lo
planteado por Hayek y advertir estas trampas semánticas que favorecen el
crecimiento sin límites del Estado, que es precisamente el peligro del
cual nos debería proteger una Constitución.