Al
hablar de Rafael Moreno me surge un problema, porque, así como conocí
al hombre público que muchos admiraban y con quien después fuimos, en
tiempos distintos, colegas en el Congreso, si me remito a mis años de
infancia tengo que hablar del tío
Rafa. Así es como le decíamos en la intimidad de nuestras familias,
debido a la profunda amistad que lo unió con mi padre, Pedro Goic, con
quien compartían además profundas convicciones humanistas y de justicia
social que llevaron mucho más allá de la palabra.
Don
Rafael Moreno fue uno de aquellos hombres que comúnmente se denominan
hombres de Estado, en alusión a que son personas que entienden que los
desafíos de un país se deben asumir con audacia, con un profundo
compromiso social, pero, a la vez, con enorme responsabilidad y sustento
técnico. Algo muy alejado de la estridencia y falta de profundidad que
caracteriza, muchas veces, la actividad política de hoy.
Ejemplo
patente de lo anterior y donde Rafael Moreno cumplió un rol clave es la
Reforma Agraria. Estamos hablando de un proceso de transformación
política y social cuyos efectos son visibles hasta el día de hoy. Si nos
remitimos a esos años, vemos un Chile que es muy distinto al país que
conocemos hoy. Hablamos de un país eminentemente rural, pero donde los
roles entre el patrón y el peón estaban claramente delimitados. Uno
mandaba y el otro obedecía sin chistar.
Mi
padre, que también fue un activo impulsor de la Reforma Agraria en
Magallanes, nos contaba que cuando recorría las estancias y hablaba con
los trabajadores ellos nunca levantaban la mirada, porque había una
cultura que trasuntaba una estructura social que jóvenes idealistas como
mi padre y Rafael Moreno, consideraban que era injusta y que había que cambiar. Pero eso no se podía hacer solo con lindos discursos.
Y
es que estos jóvenes idealistas también se habían preocupado de
prepararse técnicamente para implementar esos cambios. Reflejo de lo
mismo fue que cuando el Presidente Eduardo Frei Montalva asume la
presidencia de la República, todo el programa de Gobierno estaba listo
para ser implementado, teniendo como un eje central el mundo campesino y
su dignificación. Así eran esos jóvenes soñadores, que unían las
transformaciones sociales a propuestas concretas y a sus propias
capacidades, pero sobre todo a sus convicciones.
Así
lo explicaba el propio Rafael Moreno en un texto: “El sueño
predominante estuvo representado en un par de palabras que conmueven a
todos los sectores nacionales, estuviesen o no vinculados con el sector
agrario, era la Reforma Agraria. Su sola mención despertaba el apoyo de
los sectores campesinos sometidos a un sistema injusto y recogía el
apoyo ciudadano de quienes, aun no estando vinculados con el sector
agrario, apoyaban las medidas que traerían justicia social y económica a
un sector que estaba rezagado en el crecimiento nacional y que era
necesario ejecutar a la brevedad posible”.
El
pasado jueves tuve el honor de hablar en el funeral de Rafael Moreno a
petición de su familia. En esa oportunidad me referí al hombre público,
al camarada, al sobreviviente, pero sobre todo al esposo, al padre y al
amigo que él fue. Lo más importante de su legado tiene que ver con el
sentido de nuestras vidas, con qué hacemos con cada minuto de nuestra
existencia y cómo asumimos los desafíos del tiempo que nos ha tocado
vivir. Su ejemplo es de integralidad, de mirar de frente los desafíos,
pero sobre todo es testimonio de que con convicción, coherencia y
valentía es posible generar cambios reales. Descansa en paz querido tío
Rafa.