Al
caminar por las calles, desde hace un tiempo he podido observar la
manera constante en que se infringen las normas del tránsito.
Especialmente la luz roja de los semáforos no es respetada y es posible
ver cómo muchos automovilistas cruzan indebidamente las calles a pesar
que enfrentan el semáforo en rojo. Este fenómeno es observable a todas
horas y ya no sólo en las horas en que existe poco flujo vehicular, por
lo que casi a diario se producen colisiones y heridos en las vías. Igual
ocurre con el signo Pare, que pareciera no tiene significancia alguna
para muchos conductores. Es mi parecer que esta circunstancia denota
algo más profundo en el estado de la sociedad actual, que dice relación
con saltarse las normas que nos hemos dado; normas no sólo jurídicas,
sino también de trato social, éticas y morales. No es mi pretensión
fungir de sociólogo ni nada parecido, sino simplemente hago estas
observaciones como ciudadano y como alguien que ha recorrido ya algunos
años esta vida terrenal.
Cuando
actores relevantes de la sociedad derechamente transgreden las normas
que nos rigen, la señal que se irradia al resto de los habitantes, es
nefasta. Porque si gentes que tiene poder en la sociedad no respetan las
normas, especialmente jurídicas y éticas, que terminan por darles más
poder, sea económico o político (o ambos juntos), por hacerles más
influyentes e incluso darles poder para modelar la sociedad en el
sentido que más les convenga, entonces nace un sentimiento de revancha
en muchas personas. Este sentimiento de creer que si los más poderosos
transgreden las normas, lleva a demasiadas personas a pensar que también
están habilitados para discernir por sí y ante sí, cuáles normas serán
para ellos dignas de ser acatadas.
Este
fenómeno de transgresión de todo tipo de normas, se da en los más
variados ámbitos de la vida nacional. En lo económico, cuando grandes
empresas se coluden para fijar precios o cuotas de mercado, perjudicando
directamente a los ciudadanos y haciendo más poderosos a los coludidos.
Sin embargo, este hecho no sólo se da en las grandes empresas, sino
incluso en pequeños empresarios que tienen cautivos a los consumidores
por ofrecer de manera conjunta algún servicio público. En materia
política, vemos constantemente lo que se denomina “cachetadas de
payaso”, que consiste en falsos y sonoros enfrentamientos, que esconden
acuerdos previos. También faltan gravemente a las normas quienes validan
o explican la violencia como arma de acción política, pero nunca la
condenan, a menos que se ejerza contra ellos; esto último lo vivió
nuestro país en octubre de 2019 y los meses siguientes, en que los
destinos del país fueron torcidos a base de violencia física y verbal
extrema. Incluso el hoy el Presidente electo fue parte importante de la
validación de la violencia como arma de acción política, siendo un
botón de muestra el increpar a fuerzas militares por cumplir la función
constitucional de orden público.
Lamentablemente
nuestro país está en una espiral de transgresión a las normas que no
tendrá remedio en el mediano plazo; pareciera que todo coto a la
conducta es vista como sospechoso, como injusto, bastando sólo la
voluntad de cada sujeto de querer algo, para que lo realice sin importar
si algún tipo de norma lo impide, la que prontamente califica de
injusta. Y si a esto agregamos que muchos políticos soplan las llamas de
una nueva era en nuestro país, el saltarse torniquetes, semáforos,
filas, turnos y normas por doquier, terminará por hacerse costumbre, con
independencia de la Constitución que se tenga.