El diálogo necesita seguir siendo la vía por medio de la cual es factible modificar decisiones y conducir a nuevos y más sustentables destinos, particularmente cuando se trata ya no de destinos personales sino que de colectivos y, máxime, de pueblos. Aunque, incluso cuando se trata de decisiones personales, se crea ese mágico e íntimo diálogo que solemos tener con nuestra propia conciencia. Es parte de la naturaleza humana. Cerrarse a la posibilidad de diálogo es buscar alternativas por donde suele primar, aún con mayor fuerza, la injusticia, la ambición y la ignorancia. La capacidad de diálogo emerge a partir de la intención fraterna y tolerante de buscar la real dignidad de todo ser humano y debería ser un atributo que adorne, sin restricciones de ningún tipo, a cada integrante del colectivo humano. Para que exista diálogo deben existir palabras, aquellas que generen ideas y conceptos, aquellas que propongan fundamentos ético capaces de generar los espacios sociales y culturales para que todo ser humano tenga derecho a acceder a su más plena realización y a la felicidad. Sin embargo, las palabras pueden quedar vacías de contenido, pueden quedarse ocultas en las falsas promesas de falsos profetas. Las palabras pueden confundir y transformarse en argumentos contradictorios que solo disfracen el egoísmo y el desprecio por el devenir del otro. En estos escenarios no hay cabida para la solidaridad ni para el diálogo fraterno. El diálogo real requiere de posiciones claras y sin ambigüedades, basadas en la verdad y con elementos de intransable honestidad. Es este el predicamento cuando el Consejo de la Gran Logia de Chile reconoce que “los acontecimientos que ocurren en el país son producto de una indignación social frente a un estado de cosas que afecta cotidianamente a la gran mayoría de los habitantes y que provoca que muchas personas vivan en el desaliento y otras en condiciones mínimas de sobrevivencia, marginados de las oportunidades y del reconocimiento de sus méritos y talentos”. La pregunta que aquí cabe es ¿cómo se establece un diálogo fecundo si no reconocemos esta realidad? No cabe duda que parte de la respuesta implica la existencia de personas que entiendan el significado ético de vivir bajo condiciones que por décadas han ido descartando principios de solidaridad, transparencia y fraternidad. La resultante de esta omisión es la crisis por la cual atravesamos y que tiene a millones de chilenos sumidos en la incertidumbre y también en el temor. La Gran Logia de Chile ha valorado ampliamente que “el movimiento social haya impuesto un acento firme respecto del carácter pacífico de sus demandas”, y considera “imperativo implementar las condiciones cívicas necesarias para asumir un diálogo efectivo y creíble que permita mostrar una hoja de ruta sobre bases éticas en el ejercicio del poder y que neutralice la intensidad de los intereses de pequeños grupos que utilizan su posición privilegiada para imponer argumentos sociales y jurídicos en detrimento de las justas aspiraciones ciudadanas”. Sin embargo, no es suficiente sólo una posición clara y no ambigua, ya que no es factible el diálogo con un actor. Eso es monólogo.