“Endurance”

Cuando
Ernest Shackleton publicó su aviso para contratar a la tripulación de
su expedición al Polo Sur, sabía que la promesa de “… un viaje
peligroso, pago escaso, frío amargo, largos meses de completa oscuridad
y peligro constante” no era una exageración pues emprendía un viaje
hacia un territorio prácticamente desconocido, con medios que aunque
modernos para la época, permitían también afirmar que iban hacia un
“dudoso retorno seguro”. Tan bien conocía lo difícil del viaje, que se
atrevió a prometer “honor y reconocimiento en caso de éxito”.

El
devenir de la expedición cumplió las expectativas: luego de naufragar
entre los hielos del mar de Weddell, Shackleton y sus hombres lograron,
tras penosa marcha sobre el mar congelado, refugiarse en la Isla
Elefante, donde lograron pasar la larga noche invernal en un improvisado
refugio. Una vez que los hielos dieron algún respiro, Shackleton y tres
de sus hombres zarparon en un chalupón rescatado del naufragio (el
James Caird, cuya réplica vale la pena conocer en el Museo de la Nao
Victoria de nuestra ciudad) hacia las islas Georgias del Sur, llegando a
la costa sur de dicha isla después de más de 1.300 kilómetros de
navegación en mar abierto. Allí tuvieron que cruzar la cordillera y
lograron llegar caminando a una base ballenera desde donde por fin pudo
viajar a la seguridad de las Falklands para buscar ayuda para rescatar a
sus hombres. Contra el tiempo, pues se venía el siguiente invierno,
finalmente viajó a Punta Arenas, donde logró la ayuda necesaria para
volver a isla Elefante por su tripulación. El viaje de rescate, en la
Yelcho, al mando de nuestro conocido Piloto Pardo, que fue una hazaña en
sí misma, permitió el tan esperado rescate de toda la tripulación, que
fiel y pacientemente esperaban el prometido rescate.

Más
allá de los detalles, que pueden ser leídos en “Sur” la fascinante
crónica del viaje, escrita por el mismo Shackleton, la odisea vivida por
esos 46 hombres es un ejemplo de tenacidad y liderazgo, digno de ser
recordado. El hallazgo esta semana del casco del Endurance en las
profundidades del mar, es una excelente oportunidad para homenajear a
esos hombres.

Sin
perjuicio de lo anterior, hay un aspecto menos conocido de esta
historia; pero que también merece ser contada: El zarpe del Endurance,
en 1914, coincide con el inicio de la Primera Guerra Mundial, y siendo
esta una expedición patrocinada por el Almirantazgo Británico, los
expedicionarios se ofrecieron voluntarios para, en vez de ir a la
Antártida, apoyar el esfuerzo bélico. Suponiendo que se trataría de un
conflicto de rápido trámite, la autoridad les indicó que prosiguiesen
con su viaje científico. Sin embargo, al regresar a casa en 1916, el
conflicto estaba en su apogeo y ello motivó que muchos de los
expedicionarios se ofreciesen voluntarios para ir a pelear a Francia,
donde la guerra se había empantanado en las trincheras. Así, luego de
sobrevivir a las penurias antárticas por casi dos años, la mitad de la
tripulación del Endurance murió vanamente en la batalla del Somme,
apenas unos meses después de su retorno a casa.

Desgraciadamente,
hoy constatamos que a pesar de los avances tecnológicos que nos
permiten repetir el viaje de Shackleton prácticamente sin riesgos, poco
hemos avanzado en evitar que se malgasten vidas en guerras inútiles que
sólo satisfacen mezquinos intereses.

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