Entre las damas y el ajedrez

Quien
sabe jugar estos juegos no podrá nunca tratar de imponer reglas de uno
en el manejo de las piezas del otro. Las cosas son como son y no como
nos gustaría que sean.

Lo
que hemos visto en estos días en los debates que se nos han presentado
nos lleva a reflexionar si los jugadores están concentrados en los
tableros o solo están tratando de mostrarse expertos en el manejo de
ellos. Desplazarse por medio de los movimientos pareciera fácil si se ve
desde fuera, pero debe ser complejo cuando se está obligado a pensar,
actuar y decidir, y peor aun si se tiene una enorme cantidad de
distractores que obligan a dar pasos en falso.

A
diferencia del juego de damas, donde de una sola movida se pueden
eliminar varias piezas, en el caso del ajedrez hay que tener una
estrategia y visión de juego que, muchas veces, deja expuestos a los
oponentes luego de una simple lectura que se hace del primer y segundo
movimiento. En las damas se puede ser agresivo, certero, directo y
obtener la victoria con una serie de encerronas que hagan perder piezas
hasta lograr la rendición. La agresión puede resultar contradictoria,
inútil y contraproducente, y así lo hemos visto en estos días, donde el
desmerecimiento del otro ha redundado en una pérdida de confianza y,
consecuencialmente, de piezas.

El
ajedrez, mucho más complejo, implica comer o eliminar caballos y
alfiles, los más importantes, para dejar solo al rey y distraer a sus
principales defensas para obtener la victoria. No se puede ganar solo
con las torres por más invencibles e imponentes que estas parezcan.

Entre
tantos candidatos a la Presidencia, lógico ha resultado encontrar gente
experta, buenos oradores, alardeadores, brabucones y los que creen
saberlo todo. Unos han ido perdiendo piezas claves en sus campañas y han
ido cediendo terreno y disminuyendo puntos importantes de aprobación.
En fin, juegan con las piezas que les quedan y se hará mucho más difícil
el torneo.

Nadie
tiene mucho que ganar con sus respectivos juegos, más que ir venciendo a
sus contrincantes, y los hemos visto empecinados en mostrarse como de
primera categoría, con movimientos recios que asustan y que enardecen a
sus seguidores. Todos necesitan llegar al juego final y por ello no se
trepida en actuar con descortesía. El Chile que vivimos es paradójico,
las ideas se mueven desde la etapa del somero convencimiento a la de la
seguridad. Se pasa de manera fácil de un gusto por la idea, por la
afabilidad, por la prestancia, por la soltura o firmeza de
planteamientos a la búsqueda del común. Ahí la gente comienza a
reflexionar. Poco a poco irán quedando en el camino aquellos que no
tienen nada que hacer en la contienda y aquellos que se han desmerecido a
sí mismos en el camino emprendido. La readecuación de las campañas es
urgente y con ello traicionarán sus principios y quedarán en evidencia
sus contradicciones, las que en un par de semanas más volverán a mostrar
lo equivocados que están.

Muchas
candidaturas a los otros cargos han pasado desapercibidas y algunos se
han aprovechado de este río revuelto para abusar de sus cargos e
influencias. Por más cautos que quieran actuar, siempre habrá algo o
alguien que los delatará y expondrá sus juegos. Podrán ganar, pero la
mancha no se borrará.

El
juego terminará pronto y seguramente aparecerán nuevas sorpresas en los
tableros que implicarán movimientos urgentes para evitar que los reyes
se asfixien; pero si los zarpazos no se rigen por las reglas de la sana
convivencia perderán los peones, que son los que sustentan sus efímeras
aspiraciones. No hay tablas en esto y el pueblo los premiará o
castigará.

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