Chile es uno de los países que presenta la peor distribución demográfica. Hay zonas muy pobladas y otras en donde la densidad es bajísima. Hace casi cinco años, desde la Cámara de Diputados, se le propuso a la Presidenta Michelle Bachelet una revisión de la política demográfica, enfatizando la caída de la tasa de natalidad. Hoy, con 1,8 hijos por mujer en edad fértil, ni siquiera se alcanzan los niveles que mantendrían la población estable en el tiempo. Muchas veces hemos explicado, en estas mismas líneas, que el envejecimiento acelerado genera una tensión sobre los sistemas de salud y pensiones. El problema de la densificación demográfica a lo largo de Chile se traduce en que Santiago representa el 2% de la superficie del país, pero alberga a más del 47% de la población. Es inimaginable, pero es la realidad. La concentración de personas provoca reducciones en el espacio de las viviendas, congestión en los medios de transporte, aumento en los tiempos de traslados e incremento en las consultas siquiátricas por estrés, afectando el bienestar social e impactando en la calidad de vida. Las graves inundaciones en la capital nos vienen a ratificar que es una ciudad colapsada. Por eso se debe potenciar el trabajo en regiones; aumentar los especialistas, no sólo en salud, también en educación y, por sobre todo, generar centros de desarrollo.