Es difícil ser mayor

¿Qué?
¿Qué ahora? Que los mayores la tenemos complicada, en realidad siempre
la hemos tenido complicada. Recuerdo a mi abuelo, y ya asoman no pocas
situaciones que para él se escapaban de su dominio, alcance o
conocimiento. ¿Por qué? Tan solo por el devenir. No era cuestión de
preverlas, era cuestión del devenir tan solo. Si le ocurría a él, le
ocurrió a la generación siguiente, la de mis padres, quienes también
debieron soportar las vicisitudes del rigor de la línea del tiempo, y
del progreso.

Y
mi generación, la de los cincuenta, no se escapa de tal situación. Y el
progreso esta vez se ha vestido de ropaje tecnológico, son las
máquinas, los dispositivos, los controles remotos, los códigos qr o
códigos de respuesta rápida, las contraseñas, botonería que solo
responde a pulsaciones digitales en decenas de electrodomésticos. Ya no
se usa el chancho de palo, tampoco el chancho eléctrico, ni la escoba,
se usa un robot, qué decir de la batea para lavar,… mejor no sigo.

Los
sentidos han jugado un rol primordial en toda esta revolución; primero
la vista, luego el oído, y últimamente el tacto. Es cierto, todo queda
librado al tacto, la huella digital, la pulsación digital, o en su
defecto, la voz,… ¡Siri!, ¿cómo se hace un queque?; ¡qué lío, no!

Para
“armar” un dispositivo tecnológico nuevo hemos debido recurrir al hijo,
a los hijos, que nada temerosos sí se atreven a conectar, a montar, a
enchufar, a encender, finalmente, y a apreciación nuestra, sin temer
consecuencias. Entretanto nosotros seguimos a cierta distancia cómo se
desplazan, mueven sus manos y dedos y ¡ya!, ¡encendió!, y ¡se escucha y
ve! ¡Qué maravilla! Nosotros, mientras tanto, vamos en la página tres
del manual, pero en las páginas de idioma alemán, ¡plop!

En
otro orden de cosas, ya suman muchos quienes se sienten excluidos de
ciertos servicios que supuestamente los benefician, ya que la
información bombásticamente expresada a veces en cadena nacional de
radio y televisión señala que son parte de los poco más de dos millones
de beneficiados. Sin embargo, les es difícil acceder al supuesto
beneficio por… no tener los suficientes conocimientos tecnológicos.
Antes, antes, la atención presencial, cara a cara, era una seña de
identidad social, existo, ¡soy!, soy uno de esos.

No
obstante, esta dependencia tecnológica (que ya no es autonomía) se
parece a la antigua manera o modo en que se podía conseguir más rápido
una jubilación a la que se tenía derecho solo si se contaba con
“compadres” o “padrinos (políticos)”, que a su vez conocían a alguien
bien puesto en un servicio y que podría ayudar, ¡qué tiempos esos, Dios
mío! Escapamos de eso, pero ahora asoma el dominio de la tecnología.

Antes
era común aquello de “vuelva mañana”, ahora quizás es cómodo decir “se
cayó el sistema”, o el muy recurrente “todo está en internet”, con su
Cuenta Única “allí es fácil”. ¡Qué tal!

Lo
que sucede también es que algunos que frisan los setenta, los ochenta o
más eneros, saben de experiencias enojosas, saben de eso de dar
ventajas, saben de injusticias, y no quieren sumar otras más en su
primavera.

¡Cuántos
suman los analfabetos tecnológicos en nuestro país! ¿Esa cifra es
conocida? Porque si tenemos o no tenemos haberes, posesiones, deudas,
otras carencias, sí se sabe. Creo, estimo que sí son muchos los que no
cuentan con habilidades tecnológicas, porque conocimientos sí que no.
¿Han escuchado algo parecido a…, “¿me pueden agrandar las letras del
teléfono móvil?”, o “¡tengo los dedos muy gordos y cometo errores al
escribir!”, “¡tengo temor a equivocarme, y que ello no tenga solución
sencilla después!”.

¿Quién,
quién no ha tenido la sensación de que con tanto proceso en que media
la tecnología ha perdido oportunidades que son sus derechos?

“Soy
mayor, no idiota”, fue el lema de una campaña que puso en el tapete
esta suerte de discriminación en España. ¿Aquí, acá, cómo estamos?

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS