Es la derecha: ¡Estúpidos!

La
reciente encuesta Cadem estableció que el abanderado presidencial del
Frente Social Cristiano, José Antonio Kast, alcanzó el 23% de las
preferencias, seguido por el candidato del pacto Apruebo Dignidad,
Gabriel Boric, quien se mantuvo en el segundo puesto con un 20%. En el
tercer lugar se posicionó la candidata de Nuevo Pacto Social, Yasna
Provoste, marcando un 12%, en tanto que el abanderado oficialista,
Sebastián Sichel, sólo llegó al 7% de las preferencias. Ahora, la buena
noticia, es que en la suma Kast – Sichel la derecha criolla alcanza un
30%, aumentando su adhesión que, históricamente, ha oscilado como piso
entre el 24 y 27 por ciento. Sin embargo, lo que no se entiende, y a
estas alturas pareciera que todo se define el domingo 21 de noviembre,
es como la derecha ha sido incapaz de marcar diferencias ostensibles
respecto a las opciones presidenciales del diputado Boric y la senadora
Provoste. Como nunca, como pocas veces, la coalición oficialista tenía
opciones más que latentes de asegurar un inédito segundo mandato
teniendo al frente candidaturas mediocres, desorden opositor,
incapacidad de gestionar e inviabilidad de garantizar un piso mínimo de
estabilidad democrática. Y más aún teniendo una candidatura del mundo de
la derecha tradicional, representada en José Antonio Kast, una
incipiente promesa por una centro derecha moderna, liberal, democrática y
meritocrática bajo el liderazgo de Sebastián Sichel. ¿Pero qué ha
pasado? Que Sichel tras ser el sex symbol y novedad de la elección
presidencial perdió la brújula completamente, pasando de un segundo
lugar a un cuarto con posibilidad de ser sobrepasado por un candidato
que hace campaña, como Franco Parisi, que ni siquiera vive en Chile
porque si llega al país se va detenido por tener pendiente el pago de la
pensión de alimentos para sus hijos. Por otro lado, y si bien ha
logrado capitalizar los autogoles y desorientación política de Sichel,
Kast tampoco logra traspasar el umbral de la derecha conservadora, para
optar a disputar al votante de centro, con lo cual sus pretensiones de
alcanzar la Presidencia de la República se ven mermadas, aún cuando
pudiera ganar la primera vuelta. Y a lo anterior, por cierto, se suman
una serie de dimes y diretes varios, entre ambas candidaturas, voceros o
personeros de sus respectivos comandos, dando cuenta que la
incomprensión es total ante una vocación de poder que la izquierda se
niega a extraviar porque les encanta vivir a costa del Estado y por eso
se esfuerzan, unen y pelean lo menos posible entre ellos: porque saben y
entienden que, al final del día, lo importante es alcanzar el poder
para administrar el Estado y sus recursos. En el fondo, la derecha (para
variar) siendo presa de su peor enemigo: ella misma, sus egos, su falta
de empatía, de calle, de escuchar y poner atención a las señales de su
entorno. En la medida que ambas candidaturas de derecha, una más liberal
y otra conservadora, no entiendan que sólo la unidad de ambos logrará
derrotar el ascenso al poder de la izquierda y el partido comunista (que
si no les funciona con Boric respaldarán a Provoste, obvio) las
chilenas y chilenos estaremos no sólo perdidos, sino también expuestos
de forma innecesaria ante la incapacidad e incompetencia electoral de un
sector político que tuvo todo para haber triunfado, aprender de sus
equivocaciones y garantizar la estabilidad, crecimiento, progreso y
libertad de las personas. Si tanto Sichel como Kast continúan el
derrotero de pelear entre ellos y no atinan a entender, de una buena
vez, que sus adversarios políticos son tanto Boric y Provoste, lo que
éstos representan, entonces seremos testigos de la mayor farra no sólo
electoral desde el retorno a la democracia por parte de un sector
político, sino que además seremos testigos de la decadencia de una
nación que alguna vez fue próspera y ejemplo para el mundo en materia de
estabilidad, gobernabilidad, crecimiento y paz social: una nación
llamada (aún al menos, hasta que la Convención Constituyente diga lo
contrario) Chile.

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