Esa incómoda libertad

En
esta columna se ha defendido permanentemente la libertad individual
como requisito esencial para el progreso de las sociedades. Sin libertad
para elegir el propio proyecto de vida, dejándole al Estado con su
ejército de burócratas e iluminados la decisión de qué es lo más
conveniente para cada uno de nosotros, las comunidades se marchitan, se
entregan mansamente a la voluntad de quienes se piensan conocedores
infalibles de lo que necesitamos. Antiguamente, la Iglesia Católica
proclamaba “extra ecclesiam, nulla salus”, es decir, fuera de la Iglesia
Católica no podía haber salvación de las almas. Hoy en día podemos
decir, sin temor a equivocarnos, que para cierto sector de la sociedad,
especialmente aquellos de raigambre colectivista (socialistas y
democristianos), el Estado aparece como el sucedáneo para una vida
feliz, porque el individuo que carecerá ad infinitum de solvencia
económica, en su particular visión de la vida, será siempre tributario
del Estado y sus agentes. Luego, “fuera del Estado, no habrá salvación”
es el pensamiento y obra de comunitaristas. En plena pandemia escuchamos
decir entonces, de manera repetida, que si no fuera por el Estado
estaríamos peor que ahora, y que en el caso chileno la atención pública
de salud y la vacunación masiva han sido un éxito absoluto para el
combate del flagelo, omitiendo el aporte decisivo de voluntades y
recursos privados en el combate que se está librando.

La
realidad es que un ambiente de libertad, de escasa interferencia del
Estado en nuestras vidas, es peligroso para muchos agentes políticos.
Qué harían tantos políticos y burócratas si las personas gracias a su
empeño, a su tesón, a su esfuerzo individual y familiar no necesitaran
del Estado y sus dádivas, sus regalos, su buenismo disfrazado de
solidaridad. Qué harían si creadas las condiciones materiales para el
progreso de las personas, resultara que para la compra de una vivienda,
de enviar a nuestros hijos buenos colegios, por ejemplo, no
necesitáramos a políticos que elección tras elección prometen bajo
distintas fórmulas darnos bienes a cambio de votos.

Para
muchos es más fácil esperar que los políticos y el Estado resuelva
parte importante de sus vidas antes que enfrentarlas con decisión y
determinación. La libertad individual supone dosis importantes de
valentía, de creatividad, de empeño para enfrentar las dificultades de
una vida no siempre generosa, pero siempre bella. Existe miedo de no
lograr lo esperado en nuestra existencia, y por eso muchos políticos,
sino la gran mayoría de ellos, conocedores de esta circunstancia, se
aprovechan para instalar ahí su cantera de votos. Por eso resaltan en
sus discursos el odio y la envidia a quienes más tienen; a quienes su
esfuerzo personal, desprovisto de privilegios de cuna, les ha llevado a
posiciones encumbradas dentro de la sociedad. Para ellos no es
concebible que una persona surja en su vida sin haber tenido que
hablarles por un favor, una coima, un privilegio no merecido. En las
sociedades donde la libertad está subyugada es posible apreciar la gran
presencia del Estado en todos los ámbitos de la vida de las personas.

Por
eso que la libertad es incómoda para tantos, porque les encara a
hacerse cargo de sus propias vidas; de sus éxitos y sus fracasos; de sus
logros y sus carencias. Enfrentados a la tarea de redactar un texto
constitucional diverso al actual, la libertad y la vida deben ser los
valores supremos que guíen los designios de la Patria. La libertad, tan
incómoda para algunos, es el faro que ilumina el camino hacia el
progreso material y espiritual de todos los habitantes de la Tierra.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS