Esperanzados.
De esperanzas se vive. Mientras, se vive, se vive simplemente, y en el
caso de no pocos, se sobrevive, sobreviven, y el futuro inmediato y
mediato no es muy auspicioso, hay más zozobra e incertidumbres que
seguridades, ¡ah!, y es a nivel planetario, porsiaca. Y si hablamos de
esperanza, esta tiene que ver con esperar, esperar en el tiempo y en el
espacio, mientras se vive, vivimos. La esperanza es vacilante, ambigua,
irresoluta, va y viene, se tiene y no.
A
su vez, la confianza más se relaciona con la certeza de que algo que
queremos suceda, o sucederá. La confianza se cimienta en la acción, se
constata en la interacción o las interacciones, se edifica, se construye
en las relaciones humanas.
Hoy
por hoy, entre otras situaciones, o como es costumbre, esperamos que
algo suceda para bien de todos y cada uno, por ejemplo, que el
coronavirus se aquiete, se agazape, y que la pandemia comience a mostrar
mejores caras. Estamos esperanzados en ello, pero estar confiados, más
bien no. ¿Por qué? Porque al observar el comportamiento de unos y de
otros, y al reflejarse este en estados inseguros, estados que no se
afirman por acción y reacción de la conducta de todos, de muchos, de
unos más que de otros, la confianza no se establece, no se sosiega, no
se fortalece.
Y
siguiendo con la pandemia, conforme se inició la vacunación
anti-Covid-19 en nuestro país, con más o menos efectismo, poco a poco
advertimos en los datos macro que la población que ha sido inoculada ha
evidenciado señales de que en sí es menos afecta a trastornos por el
virus. Y se avanza en la inoculación de mayores segmentos de la
población, así, ya a fines de mayo se proyectaba alcanzar a la
generación de los veinte años. Aun así, ya se los digo, más vale
esperanzados que confiados.
No
pocos ya hemos sido testigos de adecuaciones, de mejoras, y por cierto
hemos de dar testimonio de ello. No todo es maleficio, no todo ha de ser
maledicencia, no todo es mal, daño, perjuicio; y si algo nos afecta,
hemos de advertirlo primero, y ocuparnos de ello, de modo tal que
busquemos el acomodo, el nuevo estado. El advertir implica saber qué nos
causa daño, qué nos afecta, cómo sucedió ello, qué hice, qué no hice,
lo esperaba, no lo esperaba, se veía venir,… Estas y muchas
interrogantes nos acucian, algunas con respuesta inmediata o conocida, y
otras no.
Y
ya a mediados de julio, gran parte del país transita a fases de
preparación, condiciones que nos atingen a unos, de modo más
significativo, y a otros, porque su implicancia es lejana o de menor
trascendencia. Esta nueva etapa la asumimos esperanzados, con timidez,
con interés, pero lejos de que nuestro ánimo sea pleno de confianza.
Los
retornos a espacios, sea salas de clases, laboratorios, aulas, salones,
oficinas, pasillos, salas de reuniones, aulas magnas, y su uso reducido
o con aforos disminuidos, ciertamente inspiran algo de incertidumbre;
las actividades profesionales o académicas en modalidades mixtas o
híbridas, también trazan esbozos nuevos, similares o tales como fueron
los de virtualidad abrupta de mediados de marzo de 2020. Ánimo, sí,
incertidumbre, también, mas no plena confianza en algo variable,
aleatorio, contingente, aun incierto.
En suma, esperanzados, no confiados.