¿Estamos solos en el Universo? (Parte I)

Desde que los humanos hacemos uso de la razón, mantenemos dos preguntas
filosóficas esenciales y que permanecen sin solución durante toda nuestra existencia;
¿qué pasa después de la muerte? y ¿qué hay mas allá de nuestra atmósfera?  

Ambas interrogantes
no poseen objeciones concretas, al menos por ahora, y si aparentemente se
formulan hipótesis para contestarlas, estas son parciales o más bien difusas.
De hecho, mediante el uso del conocimiento el hombre busca algo parecido a lo
que puede ser considerado como “la verdad” acerca de estos enigmas que, necesariamente,
acompañan nuestro paso por este mundo.

Para la primera
incógnita, la respuesta se obtiene a través de la idea de que los seres humanos
poseemos una figura extra corporal denominada alma que, aparentemente y posterior
a nuestra muerte física, se traslada a lugares etéreos, calificados con
diversos nombres por la creencia popular. Esta afirmación se sostiene de manera
transversal en las sociedades desde los orígenes de la llamada “religión
primitiva”, manteniéndose de manera ferviente hasta nuestros días mediante el
uso exclusivo de la fe.

Para la
segunda interrogante el panorama es todavía más desolador, pero con una
diferencia sustantiva y que se soluciona, imaginativamente al menos, observado el
espacio inmediato en el que nos encontramos insertos, comenzando por el estudio
de nuestro planeta Tierra, el Sistema Solar, la Vía Láctea, el Grupo Local de
galaxias y todo lo que continúa hasta llegar al universo conocido. De esta
forma entonces y con las dimensiones siderales que logramos distinguir, es muy probable
o más bien evidente la presencia de algún tipo de vida en este gigantesco
espacio que lleva el calificativo de cosmos.

La inspección
del cielo, en especial en las horas de oscuridad, comenzó cuando el hombre se transforma
en un ser sedentario, estableciendo de esa manera las primeras tribus con
dominio territorial. El asombro provocado por el firmamento, da inicio
precisamente a los primeros estudios del universo. De esta manera la astronomía
parte en Grecia, pero su plataforma de estudio actual emana desde la Revolución
Copernicana, cuando el monje polaco Nicolás Copérnico (1473-1534) formula el
modelo heliocéntrico del Sistema Solar, a través de su obra De Revolutionibus Orbium Coelestium
(1534), la que fue defendida por el matemático italiano Galileo Galilei
(1564-1642), corregida por el alemán Johannes Kepler (1571-1630) y finalmente perfeccionada
por la Ley de Gravitación Universal del
astrónomo inglés Isaac Newton (1642-1727).

El
desarrollo de la cosmología a partir del siglo XX, nos traspasó gran parte de
la comprensión astronómica que alcanzamos en nuestros días y que, con el
proceso de acumulación de conocimiento, hoy sabemos y entendemos algunos datos del
universo que son extraordinarios. Por ejemplo, el cosmos posee la edad de 13.700
millones de años y a su vez, nuestro planeta tiene 4550 millones. Como dato
anexo y que ayuda a entender estos períodos, los dinosaurios surgieron en la
Tierra aproximadamente hace 260 millones de años y desaparecieron hace 66
millones. El ser humano, data alrededor de 3,5 millones de años incluyendo todo
su proceso evolutivo, entonces el homo sapiens, es decir nosotros, emergemos
recién hace 200 mil años.

En una
analogía, si reducimos y asimilamos la edad del universo a un calendario de un
año completo, es decir 365 días distribuidos en 12 meses, el ser humano aparece
recién en el planeta Tierra el día 31 de diciembre, a las 21:25 horas. Hagámonos
la idea entonces que en realidad no tenemos una mayor importancia en la
historia y en el funcionamiento del cosmos, no obstante, nuestra mayor
fortaleza es nuestra inteligencia resumida en el uso de la razón. (aunque a
veces nos hacemos dudar a nosotros mismos de nuestras capacidades de
racionalidad, lógica y en especial de sensatez). 

Si al mismo tiempo
analizamos las distancias, estos datos son literalmente para volverse loco, ya
que nuestro universo posee una dimensión de 97 mil millones de años luz. Imagínense
lo que es alcanzar la velocidad de la luz (300.000 km/seg) y lo que se demoraría
alguien, o algo, en recorrer desde un rincón del cosmos hasta el otro extremo.

Resumiendo, al
observar la edad del universo y en especial las distancias que posee y que hasta
ahora son conocidas, deja completamente abierta la probabilidad que pueda existir
algún tipo de vida en cualquiera de sus formas; celular, vegetal, animal o
incluso con inteligencia, y no necesariamente en este instante, sino que hace
millones de años o también en un futuro no tan lejano.

A pesar de
nuestros esfuerzos por encontrar vida o más bien buscar el contacto con
aquellas potenciales inteligencias, mediante las sondas Pioneer 10 (1972),
Pioneer 11 (1973), Voyager 1 y Voyager 2 (1977), sumando incluso el Mensaje de
Arecibo (1974), no hemos recogido, hasta ahora, interacción alguna con nada, ni
con nadie.

De todas maneras, la cosmología que estudia la formación
y desarrollo del cosmos, mediante la astronomía, la astrofísica, la
astroquímica y la astrobiología, analizando sus cuerpos celestes, las galaxias,
la materia oscura y cada uno de los elementos que componen el universo, también
se ocupa de la investigación de posibilidades de vida fuera de nuestra
atmósfera, ambicionando algún día encontrar rasgos de cierto tipo de existencia.

Es posible
que no estemos solos, pero tampoco existe prueba alguna de la presencia de otra
forma de vida fuera de nuestra atmósfera. En este caso, la única solución al
enigma es que debemos seguir con las investigaciones, como así mismo, guardándonos de mucha paciencia, la que se debiese proyectar
por varios siglos más o tal vez para siempre. 

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