Estimada Gloria

No fui tu amigo, tampoco
tu enemigo, solo fui uno más de tus conocidos que tuviste en vida en
estas tierras magallánica, en especia, en tu querida Punta Arenas,
tierra que cobijó a tu gente y tu familia croata, de la cual te sentías
orgullosa cada vez que hablabas de ella, en especial cuando contabas sus
historias y anécdotas.

Te
conocí en mi labor de periodista, te entrevisté como militante y
dirigenta de un partido político, también en tu calidad de concejala,
gobernadora y como candidata cuando postulaste al Congreso Nacional.

Escribiendo
esta columna, debo decirte que nunca pensé que algún día me iba a
sentar frente al teclado de un computador para dedicarte estas líneas en
tu memoria. Tu repentina partida me tiene tratando de escribir sobre tu
persona y recordar a través de este espacio algunas facetas que conocí
de ti.

A
pocas horas de tu partida, me preguntaron mis colegas periodistas cómo
te recordaba. Lo primero que dije, que eras una mujer de carácter
fuerte, sin pelos en la lengua, que decías las cosas por su nombre, que
no titubeabas al momento de enfrentar a alguien, pero lo hacías con
respeto. Muchas veces te escuché decir que “cuando digo las cosas, las
digo tal cual, al que le guste bien, al que no, será nomás, si no se
pueden ir”…

Hoy
lunes, un día después que conocimos de tu muerte, fui a la mesa del
café, aquella mesa a la cual asistías constantemente a eso del mediodía,
para compartir junto a nuestro grupo, en donde confluyen diferentes
tendencias políticas, instancia en la cual tratamos de arreglar el
mundo, discutimos, polemizamos, analizamos nuestros puntos de vista,
pero siempre lo hicimos con respeto, pensando en lo mejor para
Magallanes y su gente.

En
la mesa estuvieron el Jota, el Hernán, también Boris y Lalo, igual los
más puntuales, ya sabes, tus amigos, los dos Mario. Durante el encuentro
nuestras emociones sin duda estaban contenidas con tu partida, pero
quisimos estar alegres como siempre, tal como lo hacíamos cuando tú nos
acompañabas. Sin duda, en el pensamiento de cada uno de nosotros
sentimos tu presencia y te imaginamos tomando tu último café cortado en
el lugar de siempre.

Recuerdo
la última conversación contigo, fue días antes de que viajaras a
Santiago, te sentías contenta, alegre y optimista. Me dijiste que
estabas tranquila y que no tenías dudas que ibas a salir adelante con tu
problema de salud. También me hablaste de tu viaje al extranjero, que
habías estado en la tierra croata; es decir, estabas doblemente contenta
y optimista.

Al
finalizar estas líneas, debo confesarte que he escrito muchas columnas y
crónicas. Te diré que muchos periodistas, como en mi caso, antes de
sentarnos a escribir tenemos la idea de cómo iniciamos el texto y cómo
lo finalizaremos, pero en esta ocasión me han sido muy difíciles ambas
cosas; por eso, estimada Gloria, solo me queda decirte que fue un placer
haberte conocido, me quedo con el recuerdo de que siempre abrazaste con
sentimiento y pasión tus ideas, pero sobre todo sé que amaste y
quisiste lo mejor para la región, para esta tierra que te vio nacer, en
la cual descansarás para siempre. Estimada, descansa en paz.

 

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