En
Chile hemos ido cuajando una sociedad sin espíritu crítico. Lo
adormeció una idea que se instaló con fuerza: el desarrollo es solo
económico y que los problemas se solucionarán en la medida que haya más
dinero, más ciencia y tecnología. Ahí se puso, de manera casi exclusiva,
la esperanza y los resultados están a la vista: violencia, injusticias,
incapacidad de dialogar, grupos de toda índole atrincherados, algunos
defendiendo sus privilegios y otros exigiendo derechos. Mucha rabia e
inequidades por doquier.
Así,
conceptos como deberes asociados a derechos, postergación del gusto
personal en aras de la promoción del bien común, y el reconocimiento del
valor de cada ser humano, se diluyeron. Sumado a ello, la cuña y el
slogan se apoderaron de la esfera pública alejando una reflexión
auténticamente racional en búsqueda de la verdad para ser admirada,
descubierta y no manipulada.
Detrás
de este panorama se percibe una concepción errónea de la racionalidad
humana que se comprendió sólo como científica olvidando su dimensión
ética y estética. La reflexión filosófica, el cultivo de las artes, el
saber teológico, y todo aquello que implica ir más allá del fenómeno
para llegar al fundamento, se redujeron a su mínima expresión. El
desprecio por la vida humana, la vulgarización del lenguaje, la
indiferencia frente a la fealdad de las ciudades, la violencia como
método para resolver conflictos, y el poco respeto al medio ambiente,
son el resultado más visible. Esto se ha hecho patente en muchos campos
de la vida diaria, y se perciben como desconfianza, escepticismo y
violencia.
¡Vaya
alguien a decir que existe una verdad objetiva, que podemos reconocer,
que está asociada al bien de la persona y a la actualización de su
auténtica libertad! Lo más seguro es que sea acusado de intolerante.
¡Vaya alguien a hablar del sentido trascendente de la vida humana y
declararse creyente! Será acusado de fanático religioso. Se hace cada
vez más difícil el encuentro y el diálogo, en aras de un proyecto de
país compartido.
Este
contexto podrá ser revertido con una educación entendida como formación
de la persona para vivir en comunidad y orientada a la resolución de
los conflictos mediante el diálogo.
Urge
promover una cultura escolar donde una buena evaluación se entienda
como el resultado de un trabajo bien hecho y no como un fin en sí misma.
Encantar a los alumnos desde muy pequeños a descubrir la satisfacción
que significa pensar y decir “esto es cierto”, aunque vaya en detrimento
propio, a alegrarse por crear y descubrir el gozo que implica dar por
sobre recibir, es la condición de posibilidad para revertir este proceso
de desintegración social.
Cambiar
la cultura del tener, del éxito fácil, del sobresalir para “ser
alguien”, por la cultura del ser, del compartir, de reconocerse como un
ser dotado de múltiples destrezas, dones, pericias y habilidades para
entregar a los demás, es el único camino de cara a un Chile mejor. Lo
demás serán meros paliativos de corta duración y que sólo lograrán
aislarnos más, desconfiar más y por lo tanto ser más desdichados.