El 25 de octubre de 2020
se realizó el plebiscito de entrada donde las chilenas y chilenos
debían tomar la decisión de avanzar (o no) hacia una nueva Constitución.
En esa misma elección, la ciudadanía debía elegir el mecanismo por el
cual (en caso de ganar la opción “Apruebo”) debía redactarse y
consensuarse esta nueva carta fundamental. La historia dirá que en plena
pandemia Covid-19, y un mes después de la fecha fijada, las chilenas y
chilenos elegirían a sus Convencionales Constituyentes en las elecciones
del 15 y 16 de mayo de 2021, instalándose y comenzando su operación el 4
de julio de 2021. Es, a contar de esta fecha, que comienzan a regir los
9 y hasta 12 meses de trabajo en los cuales la Convención deberá
aprobar el nuevo texto constitucional para ser presentado en el
plebiscito de salida, instancia obligatoria en la cual volveremos a las
urnas para aprobar o rechazar la nueva Constitución.
En
este ir y venir de hitos bien podríamos decir que entramos en tierra
derecha para lo que será una nueva invitación a las urnas, ya bajo el
mandato del Presidente Gabriel Boric, donde tendremos que elegir por la
opción de aprobar o rechazar la propuesta de nueva Constitución para
Chile. Si vamos a los resultados electorales, bien podríamos decir que
no hay manera, no hay forma, en que el nuevo texto constitucional no sea
aprobado. Bastaría sólo con remontarnos al plebiscito de entrada, de
carácter optativo, para constatar que 78,27% de los ciudadanos que
votaron en el Plebiscito, aprobaron iniciar el proceso de redacción de
una nueva Constitución.
Más
reciente inclusive: en la segunda vuelta presidencial de 2021 el
entonces candidato Gabriel Boric se impuso por el 55,87% de los votos,
frente al 44,13% del aspirante de la derecha conservadora, José Antonio
Kast.
Sin
embargo, y más que nada producto de errores no forzados y disparates de
algunos convencionales, se ha comenzado a instalar una suerte de
favoritismo insípido en torno a un posible triunfo de la opción
“rechazo”. Y, era que no, desde la derecha (incluso convencionales del
sector) comienzan a entusiasmarse con esta opción. El problema de esto, y
de la derecha en general, es que se entusiasman con facilidad brutal
olvidando lo más importante, la esencia de la política: salir a las
calles, volcarse a los territorios, hacer casa a casa, tener contacto
con las personas, escucharlas, enseñarles y dialogar. En simple: poner a
las personas en el centro.
Ejemplo
de esto fue lo que ocurrió en la primera vuelta presidencial donde Kast
ganó esta instancia, por un margen acotado, a Boric y el resto de los
contendores. Bastó eso para que la derecha se entusiasmara con que el
líder Republicano podía dar el golpe a la cátedra pero, para quienes
observamos temas electorales, sabido era que Kast (bajo ningún punto de
vista) sería presidente electo: Kast nunca logró bajar del 50% de
rechazo, tanto a su candidatura como persona, a diferencia (por ejemplo)
de Sichel quien siempre tuvo un muy bajo rechazo, pero no supo alinear
al sector para avanzar a un balotaje donde, sin lugar a dudas, hubiera
sido mucho más competitivo que la opción de derecha conservadora.
En contraste, la izquierda al ver que su opción
quedó relegada al segundo lugar, y con la inteligencia que les da su
vocación de poder, reestructuraron el equipo de Boric y, sumado a un
candidato que entendió perfecto todo lo que él tenía que hacer, se
desplegaron con una fuerza y sentido estratégico que les permitió,
incluso instalando el fantasma de la carencia de buses para movilizarse,
ganar la elección presidencial.
Quienes
crean que el “rechazo” podría derrotar al “apruebo”, apelando al
sentido común de las personas y votantes, les recomendaría que partieran
por trabajar en los territorios con las personas, de todas las edades.
Eso les permitirá hablar desde la realidad, con conocimiento de la
misma, educar respecto a la carta fundamental, escuchar las posiciones
de sus convencionales pero, muy especialmente, aterrizar las
expectativas en torno a esta especie de árbol de Navidad que, evidencias
mediante, más bien pareciera una caja de Pandora para Chile.