La política en su actuar deriva evidentemente en la búsqueda del bien común, en donde las discrepancias son habituales, por las diferencias de ideas de base y conceptos que van generando una acción basada en el orden republicano y democrático.
El pensar la política como una lucha incesante de intereses, clases o razas es no comprender los últimos 500 años de la historia de la humanidad, al igual que basar la violencia como un medio y un fin en sí mismo, cosa que busca una destrucción y el inicio de una ruta, generalmente bajo la primicia de un “paraíso en la Tierra”.
Como todos hemos constatado en nuestra vida, no hay situaciones perfectas y tampoco sociedades que vivan del aire. Es necesario el establecimiento de consensos incluso en lo hogareño, en donde el establecer un proyecto a mediano y largo plazo resulta fundamental.
Sin embargo para quienes basan su actuar en el resentimiento, lucha de clases y la explotación de la envidia bajo una utopía fracasada esto no es así.
Generando una serie de “falsos profetas” en torno a la realización de la perfección de la sociedad, postulando derechos por sobre la limitaciones lógicas de los recursos y estableciendo “verdades absolutas” sobre quienes no piensan como ellos.
Ese tipo de verdades claramente son impuestas por la violencia, el terror y una situación de miedo constante, lo cual va generando una dinámica en donde la violencia pasa ser un medio y un fin en sí mismo, sin importar lo que la gran mayoría ha decidido o pretende decidir sobre su propia felicidad y generación de un proyecto común, estableciendo de esta forma una especie de “vocería” sobre los intereses de la mayoría, anunciando la llegada de un momento perfecto pero la necesidad de “una lucha incesante que no necesariamente verá los frutos”, es decir entregándonos a una utopía.
Para estos “falsos profetas” la elección es natural, la violencia es un camino justificable por medio de todo recurso, sin importar normas, leyes, principios y valores que fundamenten una sociedad.
Dentro de estos planteamientos podemos encontrar diferentes formas, colores y aromas, desde los que llaman al sacrificio máximo por la “causa justa”, “reinvindicación” así como también la necesidad de una “revolución permanente”.
Estos elementos conceptuales no tan solo se manifiestan en el plano de lo concreto, además también son generados en el plano de los símbolos y elementos culturales que nos llevan, a veces sin saberlo o percibirlo, a adoptar lenguajes y símbolos que son interpretados como verdaderos axiomas, sentando de esta manera los cimientos de un pensamiento totalitario que conlleva consigo acciones de intolerancia, odio, destrucción y finalmente búsqueda de una refundación total a su antojo.
Sin embargo, para esto es necesario también diferentes elementos, entre ellos falta de un liderazgo estratégico y resolución de conflictos de quienes gobiernan y ostentan el poder, falta de credibilidad de los representantes de la ciudadanía y evidentemente la eliminación sistemática o al menos la carencia de una batalla de ideas, basada en la defensa de principios y valores que van de una u otra forma generando acción política y el establecimiento de puntos de encuentro.
Sumado a lo anterior es fundamental la creación de un mito, el establecimiento de un relato colectivo que impulse pasiones irracionales, en donde las consignas se transforman en argumentos absolutos, lo cual es ejemplo de triunfo de aquellos “falsos profetas”.
Esto evidentemente en un proceso complejo y secuencia, va estableciendo diferentes grados de influencia, determinaciones y el emerger de “liderazgos espontáneos y carismáticos”, los cuales son evidentemente planificados, desarrollados e impuestos en base a la repetición.
Es así como el emerger de “santos seculares” se consolida, creando imágenes y un sentido de pertenencia a un proceso que no se comprende, pero que busca la destrucción de todo en diferentes dimensiones.
El efecto claro de esto es la destrucción total o parcial del Estado de Derecho, el cuestionamiento de la autoridad y la generación de elementos “legítimos” basados en la capacidad pragmática que ofrece la violencia descontrolada, en virtud de la instauración del terror.
Esto conlleva evidentemente a la materialización de los postulados de la lucha de clases, racismo y resentimiento, bajo el imperativo de mitos reivindicatorios como “el buen salvaje” o “justicia social”.
Para esto la respuesta general es la destrucción de todo y el inicio de una hoja en blanco, utopía que genera un momento de paz y consenso ideal, volviendo a la utopía fundacional una y otra vez.
Estos elementos descritos, aunque le pueden parecer cercanos, son por lejos estudiados en los últimos 200 años, en donde las revoluciones fueron un proceso que marcó la independencia de los países americanos, pero en donde los principios republicanos no fueron puestos en duda hasta el surgimiento de ideas igualitarias que basaron su accionar en la supresión de la persona, sus aspiraciones y sueños, siendo la dinámica que dio origen a los peores totalitarismos del siglo XX, la historia en muchos aspectos aún es una antesala de la comprensión de la acción humana, dándonos ejemplos de como la libertad debe ser defendida en las coyunturas críticas, generando un espacio de virtud por sobre el terror… que no lo engañen los “falsos profetas” y “los santos seculares”.