Fantasear con el futuro

Todavía
están encendidas las lámparas y velas que iluminan las ideas y
conclusiones del inusitado proceso eleccionario del fin de semana, en el
cual se mezclaron en una especie de coctelera dos elecciones de
periódica y ordinaria ocurrencia, con una nueva y otra trascendental
tendiente de buena fe a profundizar nuestra democracia. El tiempo y la
historiografía dirán con la perspectiva de la distancia si esta
mezcolanza resultó ser buena y útil o solamente una mermelada ácida y de
mal sabor.

Lastimosamente
nuestra democracia se acomodó a intereses particulares y adquirió algo
de oxido en sus puertas y ventanas, con lo cual hacía que algunas
estuvieran pegadas y cerradas para la mayor parte de las personas, que
se convirtieron en aturdidos consumidores más que en ciudadanos.
Pareciera ser que la conciencia social es como un músculo, que si no se
ejercita periódicamente también se atrofia y ciega las miradas,
posibilitando que solo se aprecien sombras y no la realidad que nos
brinda esa alma racional sobre la cual ya el filósofo Platón filosofaba.

En
lo concreto, ahí están los resultados en los cuales las poderosas y
aceitadas máquinas de la política, cuyo combustible pareciera ser el
dinero, sufrieron un cierto remezón que constituye otro aviso de urgente
cambio de conducta, si quieren seguir sustentando el sistema
democrático y evitar el malsano y desgraciado populismo que puede usar
ropaje de izquierda o de derecha.

Lo
cierto es que la mayor parte de las personas tienen su pensamiento y
corazón llenos de esperanzas de que nuestro país sea un poco mejor y
camine a paso más veloz en las cosas urgentes y regularmente pausado en
otras, pero siempre distándose de la injusticia indolente, de tal forma
que comprometa a las autoridades desde la lógica de las necesidades y no
simplemente de los recursos disponibles, que escasean, entre otras
cosas, porque se dilapidan en personas e instituciones que gozan de
impunidad.

Algunas
distorsiones que se plantearon en esta elección, si solo se consideran
los datos de la Fundación por la Transparencia, son que 30 de los 1.191
candidatos, que representan el escuálido 2,5% de los postulantes,
concentraron casi la mitad de los aportes (46%), que hicieron los
representantes de los grandes grupos económicos de nuestro país, fueron a
parar a las listas de los candidatos de “Vamos por Chile”, que según la
misma fuente -las catorces campañas- más obscenamente millonarias
corresponden al mismo conglomerado. Para aterrizar en nuestra región,
podemos visualizar que solo en constituyentes el mismo grupo político
gastó el equivalente a casi 24 años del sueldo mínimo de una persona.
Pero “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”; otros
grupos del establishment político gastaron aproximadamente

8 años de sueldo mínimo de una persona, como los partidos de la ex
Concertación; la lista promovida por la dinastía política de los
parlamentarios Bianchi, casi 7 años del sueldo mínimo de una persona; el
Frente Amplio y el PC, el equivalente a casi 6 años del sueldo mínimo
de una persona, por citar solamente a los más jugosos monetariamente
hablando.

Pero
pese a las distorsiones la esperanza sigue viva, no por nada la
democracia también es una estructura de deseos -como ya vieron los
clásicos liberales (producción imaginaria según Tocqueville)-, es la
idea de movilidad social la que llega a ser una característica
dominante, como un sistema que propende a la igualdad de oportunidades
para moldear nuestros anhelos de un país mejor: un porvenir, metas,
ambiciones, un futuro con el que fantasear y sobre todo la prudente
expectativa de que estas se puedan cumplir.

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