Febrero sin lugar a dudas es un mes especial, el segundo del año de acuerdo al calendario gregoriano, cada cierto tiempo tiene veintinueve, es el que posee menos días, en la historia en muy raras ocasiones también ha tenido treinta. Su nombre tiene origen en el festival de la purificación que acontecía en la Antigua Roma, llamado “februa en las Lupercales”, término que deriva supuestamente de lupus, por el lobo, animal que representa al dios Fauno, que tomó el sobrenombre de Luperco, y de hircus, por alegoría al macho cabrío, que en la mitología de la época se asociaba a un animal impuro. Cada año, se elegía entre los miembros más ilustres de la ciudad, a una congregación especial de sacerdotes, los Lupercos o Luperci o Sodales Luperci, es decir, “amigos del lobo”. Debían ser en su origen adolescentes que durante el tiempo de su iniciación en la edad adulta sobrevivían de la caza y el merodeo por el bosque, era un tiempo sagrado y transitorio en el cual se comportaban como lobos humanos. También entre los romanos este mes estaba bajo la egida protectora del Neptuno, el dios que sostenía al planeta en el que vivimos, porque el océano rodeaba la Tierra y él desde los mares, soportaba el peso de la tierra firme. Representado bajo la imagen de una mujer vestida de azul, la túnica levantada y sujetada con un cinturón, con un ave acuática entre las manos y sobre su cabeza una urna de la cual salía agua en abundancia, para indicar que era el mes de las lluvias. Pero aterrizando el mes de febrero a la realidad y actualidad de nuestro país, fácilmente podemos concluir que estamos muy lejanos a un festival de purificación o algo que se asemeje, vivimos una especie de calma simulada, como si nada pasara, con opinologos y gurúes para todos los gustos y preferencias. Algunos con una inconsciencia admirable de la dimensión y calado del estallido social, que dejo al descubierto una crisis profunda de confianza en las instituciones, un sentimiento de inequidad y desigualdad ante la ley. Una crisis total de convivencia, trato y respeto hacia los demás, que se fue fraguando lentamente en un fuego que fusionaba todas las frustraciones, impotencias y desazones de las personas que veían la inconciencia transversal de la política, con actores bien apernados, que gozaban de los privilegios, nepotismos, pitutajes y prebendas, mientras las capas de la clase media se precarizaban, con pensiones bajas, una salud que no está al alcance y prontitud de todos y un alto costo para financiar los estudios de sus hijos, buscando satisfacer el sueño y la justa esperanza de un futuro mejor. Quizás está pendiente una cierta purificación del ambiente político, donde dejen la escena de lo público, ciertos personajes que se creen portadores de un llamado divino a regir los destinos del país. Hace unos días atrás, escuche con preocupación que nombres como el de Carolina Tohá y Genaro Arriagada, se erigían como posibles miembros de la potencial Convención Constituyente, con todo respeto por sus trayectorias, me parecen un poco exagerada sus posibles pretensiones, después de haber contribuido en parte a la crisis en la cual nos encontramos. Cuidado con los mesianismo, que se confunden con la ambición eterna de no bajarse nunca del escenario después de una mala actuación. Los desafíos que nos esperan son demasiados importantes para dejarse llevar por cánticos de sirenas, que ya hemos escuchado antes. Los ciudadanos han dado muestras reales que quieren personas nuevas, sean viejos o jóvenes, da lo mismo, pero purificados de la ambición, las prebendas, el cálculo y la figuración. ¡El compromiso es de todos y no solo de algunos!