Para
muchas gentes, pareciera que todo se disuelve ante sus miradas
atónitas: el país como lo construyeron, muta a hacia otro destino, el
que se ignora y muchas veces ni siquiera es posible vislumbrar. Costó
lágrimas, sudor y sangre rearmar este país. Muchos hemos sido testigos
de lo doloroso que fue llegar hasta donde hemos llegado. Nada fue
gratis; nada fue fácil; nada fue indoloro. Y por eso amamos
profundamente nuestra patria, cada rincón de su geografía, cada logro
social e individual, porque su existencia nos confronta con el
sacrificio de nuestros padres. Y como un ladrón en la noche, recordando
bíblicas palabras, algunos nos arrebataron ese país que hoy parece
lejano, como de una época antigua y que paradojalmente, es parte de
nuestro presente. Vivíamos en la imperfección de toda obra humana, con
las carencias de países subdesarrollados, con las injusticias que azota
con fuerza a las personas más humildes y con menos herramientas para
subsistir en un mundo inclemente. Pero así éramos, así avanzábamos a
pesar de las voces que siempre encontrarán el pelo en la sopa, y peor
aún, a pesar de las voces que habiendo sido parte esencial de la
construcción del Chile moderno a partir de los años noventa, ahora con
vergüenza hablan de su propia obra.
No
fuimos capaces de trasladar a las generaciones más jóvenes que para
obtener cada pan, se lucha y se trabaja. Por qué entonces pedirles que
cuiden lo edificado si no han sido parte de su construcción, y si
quienes debían ensalzar su trabajo, hoy se arrepienten como si hubiesen
cometido pecados veniales. Por eso el asalto de jóvenes que en su
actuación política, actúan como el hijo que reprocha a sus padres el
porqué lo trajo a este mundo, o por qué se trabaja tanto si lo material
es nimio, a pesar que se visten con ropas costosas y llevan consigo
modernos aparatos electrónicos. Jóvenes que formaron partidos políticos
nuevos y sin embargo terminaron siendo aquello mismo que dicen odiar,
con purgas intestinas; con “donaciones” que sólo son “papel pintado”.
Jóvenes políticos que con su adanismo dividen profundamente a la
sociedad, y que con el halo de frescura y tersura que los años mozos
traen consigo, dictan cátedra de cómo a su parecer, hizo mal el país en
lo fundamental, y que para mayor estupor, pactan con la izquierda más
retrógrada, aquella que además pide que el covid cause la muerte a un
adversario político. ¡Menuda casta de políticos renovados! Y los más
viejos, feligreses de nuevos santos, en procesión cantando las bondades
de esta juventud “iluminada”.
Urge
retomar el camino de la sensatez, donde no todo es posible ni
permitido, porque la democracia se construye con normas que se respetan y
se hacen cumplir, a despecho de funas, atentados o amenazas contra la
vida. En donde se entienda que los monumentos a los héroes deben
respetarse, porque el país se formó con el empeño de sus ancestros, a
cuya memoria se erigen recuerdos de manera pública.
Hoy
que estamos próximos a elecciones para elegir a quienes deben redactar
un texto constitucional distinto al actual. Y vemos cómo algunos
candidatos y sus corifeos claman y rasgan vestiduras por el país formado
estos últimos cuarenta años, destacando sólo las insuficiencias, para
hablarnos luego de socialismo travestido o camuflado de justicia, como
si en el mundo esa haya sido la solución encontrada para el desarrollo.
Por eso debemos estar atentos a aquellos feligreses de nuevos santos, de
esa nueva religión que traerá el Paraíso a la tierra: la ruina de los
pueblos ha sido de ellos y de sus ideas.