El maravilloso ciclo de la naturaleza nos trajo a la primavera colgada del brazo de un mes muy intenso, como lo es septiembre.
Unos
celebramos, otros no. Muchos brindamos y otros no, pero el tiempo ha
pasado y hay tantos inviernos en tantas frentes, ha nevado tanto que
tenemos blanco el pelo y nos duele más de un hueso, pero la fuerza del
espíritu nos mantiene y nos mantendrá de pie; el calor del verano nos
devolverá la energía suficiente para enfrentar los desafíos de otro
otoño y de otro invierno en estas tierras australes, donde mueren las
distancias y comienza el continente americano que para muchos chileno,
como yo, ya emerge desde el fondo de los hielos de nuestra Antártica.
Podría
escribir sobre la cueca, sus guitarras, sus arpas y sus acordeones;
sobre las alegrías y los dramas de este mes, pero prefiero mirar hacia
el futuro y me quedo con el tremolar de nuestra bandera, la tricolor y
la magallánica, flameando al mismo tiempo en medio del viento frío, pero
orgullosas, muy bellas, diciéndole al mundo que Chile es Uno, Grande,
Libre y que sus hijos sabrán defenderlas, hasta rendir la vida si fuera
necesario, porque las amamos y que sabremos hacerlo en el desierto
nortino; en las alturas de los Andes; en los fértiles valles de la zona
central; en los bellos parajes y canales, sembrados por el Supremo
Creador de lagos, volcanes, copihues y araucarias, en las praderas
magallánicas, en los campos fueguinos, en los canales australes y en
nuestra Antártica.
Me
quedo con el tintinear de las espuelas de huasos australes, que también
saben bailar chamamé; con las trenzas rubias oscuras, con ojos azules o
negros o café; con la prestancia de nuestros soldados, marinos,
aviadores, carabineros, Veteranos del 78, jóvenes estudiantes
respetuosos y con los miles de magallánicos que aplaudieron su paso al
desfilar frente al asta de nuestras banderas, izadas en la Plaza de
Armas, venciendo al invierno magallánico.
Pero
también me quedo con los chilotes y sus descendientes – a quienes me
unen lazos de sangre, porque mi dueña, mi Chiquita, y la menor de mis
hijas tienen la herencia del Abuelo Vargas y de mi querida suegra amiga,
doña Dina, venidos desde Quellón, donde nacieron hasta arribar a Puerto
Natales, donde yacen en paz.
Gracias,
chilotes y chilotas muy queridos, podría dar una lista larga de amigos
que me conocen, me aprecian y me brindaron su amistad y apoyo aquí, en
mi tierra de adopción y me quedan fuerzas suficientes para abrazarlos,
darle gracias a Dios Padre, al Nazareno de Cahuach, por tenerlos tan
cerca y comprometidos con Dios, la Patria, la Familia, Punta Arenas, la
libertad.