Nunca
encontré un insulto que te traten de amarillo en política. Yo vengo de
los partidos tradicionales y cada vez que no se votaba algo o se
defendiese una causa que pudiese ser popular en las masas, se te tildaba
rápidamente de amarillo.
Pues bien, al poco andar los nuevos partidos y conglomerados, que con grandes liderazgos y haciendo política
lograron ser Gobierno, también fueron tildados de amarillos por los que
no pensaban como ellos. Incluso, el mismísimo Presidente electo,
Gabriel Boric, fue funado en un parque por “amarillo”. El mismo que hoy
lidera un Gobierno que lucha para transformar Chile.
Pero otra cosa sí es crear un movimiento que se ufana de ser amarillo. Pues bien, divergir en distintos temas que tienen
que ver con la sociedad es parte fundamental de la política. Lo hacemos
nosotros al interior de nuestros partidos y no lo van a hacer los que
están afuera.
Es válido e incluso importante que pensemos distinto.
Eso nos tiene que llevar a acuerdos y diálogos por el bien de nuestros
pueblos y Chile. Tanto los radicales, moderados, conservadores y, ahora,
los “amarillos”, tienen el derecho legítimo de expresarse en una democracia bien constituida y que se respeté de sí.
Pero, más allá de levantar muchas olas y ruido, ¿cuál fue el real aporte de este naciente colectivo que solo se sumó a destruir más que promover ideas y formas de relaciones?
En nuestra democracia,
para poder solucionar nuestras diferencias, se encuentra ligada
indefectiblemente a las elecciones y escoger a nuestros representantes
en cada uno de los estamentos, que, si bien entiendo, ya fue hace varios
meses la votación de las y los constituyentes de cada uno de los
territorios.
La Convención Constitucional
siempre fue pensada como un espacio de diálogo, donde las y los
ciudadanos de a pie deben ser escuchados y atendidos para una mejor
interpretación de la Carta Magna que nos regirá. En ese sentido, las ONG, colectivos, agrupaciones, sindicatos, iglesias, y también los amarillos, pueden tener su espacio.
Lo
que no se entiende, o al menos yo no comprendo, es esa superioridad
moral con la que se plantean, como los que vienen a salvar el país y
tienen una verdad absoluta, pasando incluso por sobre los que fueron
electos democráticamente.
Los
“amarillos” han copado páginas de diarios, portales, entrevistas de
radios y matinales de televisión, utilizando toda su influencia creada
por años de tener el poder político, económico y exposición pública a su
favor.
Me parece impresentable que, en el Chile actual, posestallido
y con todos los cambios que estamos viviendo y experimentando, un grupo
menor, que no sobrepasa las 100 personas, con una estatura moral digna
del Olimpo, salgan a imponer sus pensamientos sobre la nueva Constitución hablando abiertamente de “mayorías”.
Mayoría de qué, de dónde… Bueno, eso se verá en el plebiscito de salida. Como se hace en las democracias.