Esta semana tuvimos una
actividad cargada de emociones y muy significativa organizada por la
Librería Qué Leo y la colaboración del centro cultural La Idea, con la
presentación del libro “El MIR de Miguel”, del periodista y escritor
Ignacio Vidaurrázaga. La noche fue mágica no solo por la exposición de
esta obra, que narra a través de más de 120 entrevistados la historia
del Movimiento Izquierda Revolucionario, también por el contexto actual
que vive nuestro país.
Por
si fuera poco, esta era la última actividad que cobijara la que fue la
casa parlamentaria de Gabriel Boric antes de su cierre, para asumir el
desafío más grande que puede tener un chileno; sumado a las expectativas
y esperanzas que están cifradas en sus hombros. También se comienza a
tomar la posta por parte la diputada electa Javiera Morales, quien junto
a Vidaurrázaga fueron los actores principales de esta velada.
Hoy
más que nunca es necesario propiciar debates e intercambios de
opiniones, de politizar a la población y que tengan posturas sobre la
historia, medioambiente, distribución económica, libertad de expresión y
un largo etcétera, que desde la Qué Leo hemos intentado poner esa
impronta en estos ya casi 6 años de existencia.
Un
libro es imaginación, es entretenimiento, pasión, emoción, llanto y
suspenso. Un buen libro es amor, es estimular nuestras mentes y hacernos
más creativos. Una lectura es llevarnos a lugares impensados, nos
permite soñar, reflexionar, aprender y, para este tiempo, también
cuestionar.
Hay
claridad que el libro en Chile es caro en comparación con los países
más desarrollados culturalmente en el mundo. Lo primero es en definitiva
terminar con el impuesto al libro, lo segundo, es discutir, así como en
varios lugares de Europa, la posibilidad de un subsidio para que más
gente pueda tener acceso.
El
debate a diferenciar una compra, como un auto de lujo a la de adquirir
productos básicos, como el arroz, harina o un libro, no solo hace
sentido, sino que hace justicia en donde se deben poner las prioridades
de las familias chilenas y dar un bálsamo también a nuestra alicaída
economía.
El
gravar los libros ha llevado consigo la creación y crecimiento de la
piratería, la idea de adquirir una obra de nuestro autor favorito se vea
casi como una ostentación, o, lisa y llanamente para algunos, un
producto que solo por su precio no es ni siquiera llamativo. Conclusión,
Chile cada vez lee menos.
No
basta solo con eso, los padres deben entender que la lectura es parte
de la educación de nuestros hijos, y si no viene el interés desde las
casas es muy poco probable que las nuevas generaciones sean asiduas a
tomar las hojas con sus manos.
Debemos
avanzar que los libros lleguen a todos los rincones, que permeen
principalmente en los niños, de todos los credos, de todos los estratos
sociales. La invitación está hecha, vayan a las bibliotecas de los
barrios, a las librerías, a la Qué Leo, la Entre Páginas o la Vieja
Patagonia (pido perdón por las que se me fueron), intercambien los
libros con sus amigos, hagan que su vecino se interese por algún tema,
hagamos comunidad en torno a la cultura y la lectura.